miércoles 25 de noviembre de 2009
-CERRADO
jueves 12 de noviembre de 2009
-25 DE ENERO DE 1982
“Dile que pase”gritó Agus desde dentro. El gorila, como si hubieran activado algún interruptor de su nuca me hizo un gesto con las cejas como tratando de captar mi atención.
-Sí, ya lo he oído- susurré al tiempo que me levantaba de la silla para pasar al lado de aquel hombre aún más fuerte y grande que yo.
Dentro me esperaba Agus de pie, y Paco, como siempre, en aquel butacón de piel roída que le daba aquellos aires que tanto me recordaban a los malos de película.
-Hola Constantino-murmuró Paco moviendo su extensa papada como una masa inerte por encima de sus brazos cruzados.
En aquel momento los pelos de mi espalda se erizaron como escarpias y las orejas tiraron de la piel de mi cara hacia atrás. Paco me estaba obligando a asesinar a aquella chica a la que hacía unas horas yo había salvado, sino me matarían a mí, no había demasiada opción. Pensé en desenfundar mi Heckler, cargarme a aquellos dos hombres, al gorila de la puerta, y salir lo más rápido posible, donde nadie pudiera encontrarme. Pero aquello sería una locura, sería hombre muerto de todos modos.
-Gracias jefe. No le defraudaré.
-Hola chico, ¿quieres ganarte cinco mil pesetas?- dije, mientras le enseñaba los cinco billetes colgando de entre mis dedos. Rafael exhibió una expresión que me hizo estremecer, estaba seguro de que nunca había visto tanto dinero junto, y que era posible que tardara en volver a verlo.
Todo había pasado muy rápido, aquel día era 25 de Enero de 1984, un día después del asesinato. Isabella permanecería ingresada otros dos días así que mi momento era esa misma noche, no podía dejarlo para más adelante porque estaría más despierta y cabía la posibilidad de que algún investigador de la policía se pasara a hacer algunas preguntas. Rafael me dio la misma información que Paco me había ofrecido en su despacho de mala muerte aquella mañana: un policía custodiando la entrada a la habitación y ninguna otra medida de seguridad.
Perfecto.
-VII-
Yo no tengo miedo.
-No quiero matarla-repliqué.
No tengo miedo porque la muerte es el fin del principio, y si aquel gorila iba a matarme por salvarle la vida a Isabella. Adelante. Pienso esperar acariciándome las pelotas.
-Supongo que no.
No tengo miedo porque veo que los demás lo tienen, lo tienen por mi.
-No, lo haré solo. Será un momento.
viernes 6 de noviembre de 2009
-AGUACATE Y HURACÁN
-I-
Ella, tenía un ciclón debajo de las uñas, estoy seguro, te acariciaba la espalda con el extremo de sus dedos y tú sentías que eras una vaca del género hereford flotando como una hoja de sauce que se cae en medio del vendaval.
-Me encanta cuando me haces eso-le decía.
Ella sonreía al oírme,
no la veía hacerlo,
pero estoy seguro de que sonreía
mientras todos los poros de mi cuerpo
hacían la ola ante sus ojos.
Después ella decía que me quería,
y yo la decía que yo también,
y seguía desatando el ciclón por mis costados.
Yo,
era en momentos como ese que pensaba que justo en ese instante todo era perfecto, y
durante ese instante daba igual todo lo demás,
no importaba absolutamente nada
fuera de sus caricias,
de su voz,
de mi carne de gallina.
El 12 de Abril de aquel año era martes, y los martes son días sin personalidad, días estúpidos en los que las comas son puntos y aparte. Yo iba a trabajar una hora después que Ana, así que solía levantarme antes para llevarle el desayuno a la cama. Le encantaba que hiciera eso, a mí no, pero a ella le gustaba, así que estaba bien.
-¿Sabes a qué saben los aguacates?- Me preguntó mientras revolvía la taza de café.
-No, no me gustan.
-No lo sabes y sabes que no te gustan.
-Ya me entendiste.
-No- Y me sonreía, porque sabe que haría lo que fuera por ella- Te he comprado unos pocos para que los pruebes, están abajo, donde la fruta.
-Gracias, luego comeré uno a ver que tal están.
Me eché en la cama boca arriba contando los segundos que tardaba en ducharse fugazmente y salir desnuda rumbo al armario donde se enfundaría su atuendo de ejecutiva agresiva. La vi ponerse las braguitas, y el sujetador, y sus medias con bordaditos, y su falda y su camisa… Parece que danza. Creo que si yo no estuviera delante no se vestiría así, como si quisiera hacerle el amor a cada centímetro de su ropa sin darle importancia.
-¿Crees que esta falda queda bien con éstos zapatos?
-No, creo que deberías cambiarte la falda, no pegan los colores.
-Sí que pegan- contestó mientras se abrochaba la cremallera- no tienes ni idea, sólo lo dices para que me desvista otra vez, ¿eh?
-Me has pillado.
Se fue en el coche y yo me quedé en casa como cada martes, una hora solo. La casa siempre me pareció grande y más para mi sin ella, pero los martes, en esa hora en que no estaba conmigo, se hacía inmensa. Las paredes la echan de menos, incluso más que yo, y se convierten en muros gigantes que me piden que me duche yo también, que de noche la volverás a ver, que no seas tan estúpido, es sólo una mujer. “Cállate, es solo una mujer, pero es capaz de darle la vuelta a mi vida con que llegue 10 minutos tarde”. Eres un imbécil, vete al trabajo.
En la cocina estaban los aguacates, como Ana había prometido, cogí uno y me lo metí en el bolsillo de la chaqueta para comérmelo cuando echarla de menos no sea sostenible con seguir despierto.
-II-
-¿Vienes?
A las doce y media, cada día, el capataz nos da un descanso de veinte minutos para comer. Mis compañeros suelen bajar a un bar que tiene los bocadillos baratos y vuelven con el tiempo justo y la barriga atiborrada de comida. Yo por mi lado prefiero subir a lo alto del andamiaje, desde donde se ve media ciudad y sentarme con los pies colgando al vacío y el bocadillo que me prepara Ana cada noche entre los dedos.
-No, creo que hoy también prefiero comer aquí.
-Como veas, hasta ahora.
Desde arriba dan ganas de tirarse,
de decirle al bocata que no llore por ti
y todo fin y vacío. Y se acabó.
Pero veo al queso saliendo de entre la miga
y la veo a ella comprándolo en el súper,
con su carrito de la compra
y esa falda de cuadros que se pone para ir al súper.
Miro los edificios,
con sus ladrillos y sus lágrimas y su ropa tendida,
con ese montón de gente apelotonada en los sofás,
y las voces y las familias y el amor y todo eso,
y deseo ser golondrino, volar y volar,
meterme en una chimenea
y sentir
que siento,
que vivo,
que se me mancha el pelo de historia
y la vida se muere de risa.
El aguacate me sabe a tiro en la rodilla
con su textura pastelosa y los grumitos de migas de pan,
y la saliva rancia y seca,
pero lo como, porque la echo de menos,
porque quiero estar con ella
ahora, en lo alto del andamio,
donde el viento huele a ciudad
donde si llueve
te sientes infinito.
Lo como porque me recuerda al ciclón
que guarda debajo de las uñas,
a su sonrisa de mil mares
a su silueta con forma de ella,
lo como,
porque echarla de menos
ya no es sostenible
con seguir despierto.
viernes 30 de octubre de 2009
-18 PULSACIONES
“Escucha chico” Su voz sonaba increíblemente paternal a pesar de la distorsión del megáfono. “No quieres hacer esto, y lo sabes” Se equivocaba, claro que quería hacerlo, y ningún policía con labia iba a impedirme conseguir lo que quería.
-Dejalo tío… yo no te he hecho nada, ni siquiera te conozco…
El muchacho que tenía agarrado en mi brazo por el cuello intentaba inclinarse para poder mirarme mientras hablaba.
-Cállate…
“Escucha Juan, tenemos a tres hombres dispuestos a intercambiarse por tres de los rehenes”
…
Debían estar de coña, de allí no iba a salir nadie hasta que no tuviera lo que quería, era lo único que resonaba en mi cabeza.
-¡¡¡¡No quiero cambiar mis rehenes!!!!! ¡¡¡La quiero a ella!!!
“Estamos intentando localizarla Juan, tienes que tranquilizarte”
-Tío, suéltame… Veía al muchacho en mi brazo suplicándome, qué gracioso resultaba, no voy a matarlo bajo ningún concepto, no soy un asesino, sólo quiero verla.
-Cállate.
“Juan, uno de los tres hombres va a entrar, ¿de acuerdo? Abrirá la puerta y la sujetará mientras uno de tus rehenes sale al exterior, luego él entrará y se tumbará en el suelo como tú digas, ¿Entendido?”
-¡¡Te acabo de decir que no quiero cambiar mis rehenes!!
-No me mates joder, no me mates.
-No voy a matarte imbécil- susurré, mientras apreciaba como su expresión se tornaba súbitamente en una risa floja-No te rías, o cambiaré de opinión, aquí sigo mandando yo, ¿estamos?- Añadí duramente al tiempo que apretaba un poco la pistola contra su sien.
-Sí, sí, claro, lo siento.
-¿Que no se mueva ni Dios o me pongo a pegar tiros estamos?- vociferé a las otras tres personas que permanecían tumbadas en el suelo del estanco. Eran dos clientas, el dueño del establecimiento y el muchacho que permanecía amarrado por mi brazo.
“Juan, tienes que colaborar, sino no podremos darte lo que quieres”
-Tú- dije, apuntando con la mirada al dueño- tráeme unos cigarrillos mentolados.
-Sí señor- Le observé incorporarse toscamente y tambalearse hacia la estantería del tabaco, estaba completamente atemorizado.
-Aquí tiene señor.
-Saca uno, enciéndelo y pónmelo en los labios. Rápido.
-Sí, por supuesto.
“¿Sigues ahí Juan?”
-¡Para qué me preguntas si me estás viendo desde el coche gilipollas!
“Tengo una buena noticia, tu mujer está de camino, llegará en dos minutos”
-¡De acuerdo!
Le di una calada larga al cigarro y eché el humo por la nariz.
-Vuelve a ponerte donde estabas.
-Sí, sí- el anciano volvió a tumbarse en el suelo, exactamente sobre las mismas baldosas en las que había grabado su silueta con sudor unos segundos antes.
-¡Llega o no llega!-No obtuve respuesta alguna, a cambio escuché movimiento en el exterior, como de gente corriendo silenciosamente- ¡No hagáis ninguna estupidez! Os juro que me cargo a éste mamón ahora mismo.
“Nadie va a hacer nada Juan, estamos esperando a que Silvia llegue” Me contestó la voz metalizada del megáfono. Estaban haciendo algo, no sé el qué, no soy poli, pero estoy seguro de que estaban adoptando alguna de las estrategias que en la escuela de policías, o la academia, o lo que sea donde aprenden a ser polis, les había enseñado. No me importaba mientras ella viniera a verme.
-Padre nuestro que estás en los cielos… santificado sea tu nombre…-empezó a musitar una de las señoras echadas en el suelo.
-No rece señora, eso no va a salvarla hoy.
-Hágase tu voluntad…
-¿Me está escuchando?
-Sí… perdone.
-No me pida perdón, yo se lo pido a usted por estar haciéndola pasar éste mal rato.
-¿Qué clase de asesino eres, tío?- atajó el muchacho que permanecía cogido en mi brazo.
Apreté su nuez en mi antebrazo con tanta fuerza que sus orejas, lo único que podía ver aparte de su pelo desde mi perspectiva, comenzaron a ponerse moradas, y sus pies comenzaban a suspenderse en el aire al tiempo que pataleaba.
-¿Lo pillas imbécil?- El chico musitó un “sí” entrecortado, señal que usé para relajar la presión sobre su cuello-Y que ni se te ocurra hacerte el héroe. ¿Sabes quién es Maquiavelo?
-¿Maquiavelo?
-Sí.
-Un filósofo ¿no?, un pensador, algo así, yo que sé, estás como una cabra…
-Un filósofo, es quién acuñó la frase “el fin justifica los medios”.
-¿A mí que coño me importa?, mierda, suéltame tío…
-Yo he venido aquí a recuperar lo único que tenía. Ese es mi fin.
-Suéltame tío, esos polis te van a volar la cabeza en cuanto te descuides, tío, no seas idiota.
-Y si tú eres uno de los medios que necesito, no me va a temblar el pulso lo más mínimo.
El chico dejó de moverse nerviosamente y cerró la boca, por fin, creo que se había creído que iba en serio.
“toc, toc”
Alguien picaba a la puerta, era una puerta de esas traslúcidas que dejan ver la sombra de quién está detrás, pero no distinguir de quién se trataba.
-¿Quién coño eres?, ¡tú no eres a quién estoy esperando!
-Soy uno de los voluntarios, voy a abrir la puerta- contestó, con la voz ahogada por la puerta, era uno de los valientes que querían intercambiarse por los rehenes,
-¿Estás armado?
-No.
-¡Lárgate!
-Voy a abrir la puerta.
-¡Atrévete si tienes huevos!-grité mientras empuñaba mi pistola contra el cristal de la ventana-Te estoy apuntando al pecho superman, lárgate o disparo.
-Si disparas un montón de polis que están a mi alrededor dispararán también, y créeme que ellos sí que saben disparar.
Mi respiración se aceleraba, ése tipo tenía razón, tenía que tenerla, o eso, o tiene unos huevos impresionantes.
-Está bien, abre la puerta.
Así lo hizo, la puerta se giró muy despacio dejando entrar la imagen del hombre que luchaba por atravesar el cristal traslúcido, era un hombre de mediana edad, con una chupa de cuero marrón y pantalones pitillo.
-Ahora vas a dejar salir a uno de los rehenes, ¿de acuerdo?-no dejaba de apuntarle con mi pistola.
-Sí… ¡tú! La que rezaba, lárgate, ¡rápido!
La mujer se levantó todo lo ágil que su tercera edad le permitía y salió por la puerta sujetada por el valiente mientras susurraba gracias, gracias, gracias, gracias.
-Cierra la puerta y túmbate donde estaba ella.
-Si.
-Despacio.
Así lo hizo el hombre de la chupa de cuero marrón, ocupó exactamente la posición que ocupaba su antecesora. Fuera se oyeron los gritos de alegría de un hombre, supongo que sería el hijo, o el marido, o el hermano, yo que sé, de la señora que acababa de salir de su infierno particular.
“Lo estás haciendo muy bien Juan”, me comunicó la voz metalizada del megáfono, pero ya no era el hombre con voz paternal que llevaba conmigo todo el rato. Era ella. Era Silvia.
-¿Silvia?
-Sí, cielo, soy yo- sonaba tan dulce… hasta con su voz empañada por el vapor de las lágrimas y la distorsión del aparato.
-Hola nena. ¿cómo estás?
…
-Bien Juan, estoy aquí, contigo.
-¡Silvia!, me cago en la leche, no estoy para bromas, no contestes lo que quiere el gilipollas que tienes al lado, quiero hablar contigo, ¡¡¡no con él!!!
-Vale Juan, perdona, sólo hablaremos nosotros.
-Okey.
…
-¿Sigues ahí Juan?
-Sí.
-¿Por qué estás haciendo esto?
-Era la única forma que se me ocurrió de que hablaras conmigo, no me coges el teléfono, no contestas a mis mensajes, ni a mis correos electrónicos, te he escrito hasta cartas ordinarias al trabajo, pero no sé nada de ti desde hace cuatro meses.
-Lo siento mucho cielo… pero esta no es la manera.
-Estamos hablando, ya es más de lo que hemos conseguido en todo este tiempo. ¡Entra!
-¿Qué entre?
-¡Sí! No quiero que estemos hablando a voces.
Esperé un momento, conté hasta 18 pulsaciones, marcadas en mi garganta, antes de dirigirme al muchacho que seguía inmóvil en mi brazo.
-Voy a soltarte y me alejaré de ti un metro. Te estaré apuntando a la nuca, haz lo que te diga, ¿lo has entendido?
-Sí…sí, tío.
Solté su cuello y estiré el brazo, engarrotado de tanto tiempo doblado sujetando al chico.
-Bien, ahora quiero que te eches boca abajo.
El chico así lo hizo, con algún que otro gesto dubitativo, y se quedó como muerto sobre las baldosas del estanco. Yo me senté a un lado de la puerta, en el suelo con las piernas cruzadas, a esperar que Silvia llegara.
Todo en orden.
La puerta se entreabrió y del cristal traslúcido se materializó Silvia con un vestido azul perfectamente ajustado a sus piernas y estropeado con un chaleco antibalas que le habían colocado cubriendo todo su torso.
-Siéntate.
Silvia, a pesar de lo peligroso de la situación, se sentó frente a mi, dominando la situación con un gesto mejor que cualquiera de los polis que nos rodeaban.
-Llevas aquí cuatro horas Juan, se ha hecho de noche, deberías dejarlo ya, con esto no vas a llegar a nada.
-Hola Silvia.
Se calló al instante y se quedó mirando la pistola que sujetaba en la mano derecha.
-Mira a tu alrededor- susurré.
Silvia giró su cabeza despacio y observó la estancia iluminada únicamente por las luces azules y blancas de los coches patrulla, observó al dueño del estanco, a la señora que no se había movido en toda la tarde, al muchacho que mantuve cogido y al valiente de la chupa de cuero, observó también las paredes, llenas de detalles y de cuadros relacionados con el mundo del tabaco, pipas de colección, fotos en sepia, estanterías con cajas de puros, la máquina de tabaco, el mostrador con su estantería gigante detrás repleta de cajetillas de cigarros, el ventilador del techo que seguía moviéndose en la oscuridad…
-No es un sitio de reunión adecuado, no cabe duda, pero no encontré otro mejor.
-Juan, qué te ha pasado.
-¿Por qué me has ignorado todo este tiempo?
-No te ignoraba, es solo que pensé…
-Qué…-corté con enfado.
-Pensé que hasta que no me borraras de tu cabeza no podía volver a hablar contigo, tú por tu lado, yo por el mío.
-Ahora estamos los dos en el mismo lado-musité, sin ocultar una sonrisa.
-No tenías que haber hecho esto.
-Ni tú haberme dejado tirado, como a un perro de pelea viejo.
-Cielo, lo siento.
-Ahora lo sientes.
-Sí.
-Te creo.
-¿Me crees?
-Sí. Te creo porque cuando pestañeas siento que el mundo se hace pequeño. Y a alguien con esa capacidad se la tiene que creer, como se cree en Dios, porque sí, porque la vida es así.
-Juan…-sus ojos empezaban a empañarse.
-Qué- contesté tajante, sin mostrar un ápice de sensibilidad.
-¿Qué quieres de mi?-rompió a llorar- Quiero decir, ¿por qué esto?
-Porque un día te dije que sin ti yo me muero, ¿te acuerdas?
-Si…
-Pues eso, y si voy a morirme, morirme porque tú no estás, antes quería recordarte que era por eso.
-No seas trágico, Juan, todo tiene arreglo, buscaremos ayuda, juntos, buscaremos ayuda, me han dicho que no has disparado, que no has matado a nadie, no te caerá mucho, ¿sabes?, y recibirás ayuda, y después estarás mejor, y podremos estar juntos.
-Lo único que va a pasar es que mañana serás nacionalmente conocida como la mujer del estanquero, o el apodo que la prensa del día me ponga- esbocé una sonrisa- ¿te gusta?, a mí sí, un crimen pasional, dirán, alguna de esas basuras que dicen los periódicos cuando se muere alguien por culpa del amor.
Me llevé la pistola a la boca. Coloqué el pulgar en el gatillo, giré el martillo, y la miré. La miré a los ojos, consciente de que ésa era la última vez que iba a verlos. Y me sentí feliz de que eso fuera lo último que viera.
-Juan, el amor no mata gente.
-Cuando se va siempre deja dos cadáveres. Hoy le toca al primero, ¿lo entiendes?
-Juan, no…dime qué puedo hacer- sus lágrimas caían como cataratas de sus ojos y le mojaban los labios. Estaba preciosa.
-Sí… puedes hacer algo. No dejes de mirarme con tus ojos, será lo más parecido a morirme en ellos.
Abrí la boca y metí el cañón entre los dientes, lo mordí con fuerza.
“Te falta valor” dijo la voz de mi padre en mi cabeza.
Y como si todos la hubieran oído, el escenario estalló: Oí el estruendo de los cristales rompiéndose, de los polis entrando corriendo, con sus gorras y sus mp5, y todo eso que llevan, gritándome cosas que no llegué a distinguir nunca.
