Son las 7.26 de la mañana del día 9 de Agosto del año 2001. Me he levantado con las mismas ganas de siempre, pocas, o muchas, depende de cómo se mire. Da igual, lo importante es que está lloviendo a raudales y miles de gotitas de agua se estrellan en el cristal de mi habitación. Es muy pronto para morir, y más aplastado contra un vidrio, pero las gotas de lluvia no piensan esas cosas, solo se mueren, desintegradas en pedacitos diminutos.
Cada día es una pequeña batalla con millones de muertos.
Nadie se da cuenta. Y aquí “nadie” es mucha gente.
No hablo sólo de los coches bomba, ni siquiera de la crisis. Hablo de las gotas de lluvia, por ejemplo. O las hormigas de los caminos de Castilla que buscan las migas de pan de los excursionistas que las aplastan sin siquiera notarlo. O las lagartijas pegadas a las ruedas de los coches dando vueltas, pensando sabe Dios qué. O los grillos cazados por preadolescentes con granos, que se asfixian en botes de mermelada sin agujeros. O los reyes magos que desaparecen de la imaginación de los niños que descubren a sus padres poniendo regalos. Millones de muertos por minuto.
Y me abstraigo, miro al cielo, y me rodea una cáscara de huevo gigante repleta de puntitos blancos. Cada uno de ellos es un Sol, pero lejos, lejos, lejos. Y cada uno de ellos tiene sus planetas, con sus alienígenas, con sus señoritas desnudas en naves espaciales, sus especies florales desconocidas, con sus cópulas por pensamiento y todas esas cosas que dicen los científicos requetelistos.
Pero yo sigo aquí, en la cápsula de una colmena en medio de una ciudad viendo las gotas de lluvia morir. Como un átomo, a fin de cuentas.
Y pienso “qué más dan las milongas de los telediarios”