miércoles 25 de noviembre de 2009

-CERRADO

 

 -I-

-Siempre me dices lo mismo, ¡siempre!-Alicia se había enfadado, se había enfadado mucho.
-Cariño, creo, que deberías volver, él te dirá lo que debes hacer, y te encontrarás mejor, ya lo verás.
-¡No estoy loca!
-Cielo, suelta el cuchillo, sé que no estás loca, pero tienes que tranquilizarte, ¿vale?- dije, serenamente, mientras hacía aspavientos con los brazos para incitarla a tranquilizarse.
-Lo sabes de sobra, cielo, ¡lo sabes! Es solo que tengo carácter, siempre lo he tenido, nada más, ¡maldita sea!
-Lo sé Alicia, lo sé, pero tienes que hacerme caso, tienes que soltar ese cuchillo, y nos sentaremos a hablar, ¿te parece?
-Sí...-Empezó a hacer descender la mano que esgrimía el cuchillo hacía mí con actitud amenazadora.
-Eso es, despacio…

Alicia empezó a sollozar mientras posaba el cuchillo encima de la mesa de la cocina, no dudé un solo instante en abalanzarme sobre ella y abrazarla. Ella rompió a llorar desesperadamente contra mi pecho mientras confundía los gimoteos con decenas de perdones seguidos uno detrás de otro.

-No te preocupes… ya pasó, no hay nada que perdonar. Chsssttt… tranquila…

Poco a poco se iba tranquilizando, cuando dejó de temblar la senté en la sillita de madera que reservaba para Omar, nuestro hijo pequeño.

-¿Te encuentras mejor Ali?
-Sí… mejor, lo siento, de verdad, no quería…
-Tranquila, ya pasó- Comencé a acariciar sus rodillas, envueltas en aquel vaquero negro que le quedaba tan bien- Tengo que ir a trabajar, ya llego tarde.
-Sí, perdona, vete a trabajar, yo estaré aquí, haré la comida.
-Vale Alicia, vendré en seguida, me quedaría, pero es que tengo la reunión con el estúpido de López y es importante, podremos conseguir muchas cosas si sale bien, en dos horas estaré aquí, te lo prometo.
-Toñín…- me llamó cabizbaja, mientras se sorbía la nariz sonoramente. “Sniff”.
-Dime cielo.
-No quiero ir…
-Hablaremos de eso cuando vuelva, ¿vale?, no es nada malo, el doctor sabe muy bien lo que tiene que hacer, no será sino para mejorar.
-No quiero…
-Lo hablamos cuando venga-Dije contundentemente, mientras me enfundaba la americana del traje.
-Vale, pórtate bien. Te quiero.
-Y yo a ti Ali.

La di un beso en la mejilla con suavidad y me fui secándome los labios de sus lágrimas.


 

-II-

López llevaba toda la reunión de un autoritario que dejaría pasmado a cualquiera, me estaba vapuleado como a un muñeco. No me gusta sentirme así, soy un tiburón en lo mío, pero aquel día estaba perdiendo, cosa que con López me gustaba menos aún, habíamos sido rivales desde la facultad y por mi culpa había perdido mucho dinero, era un abusador nato, de manera que hacía catorce años yo había logrado sacar a la luz muchos de sus trapos ilegales, algo que le había perjudicado notoriamente.

-Supongamos, por un momento, que tienen razón y que nosotros estamos haciendo despidos improcedentes-añadió López- no tienen ni pueden hacer nada, nosotros somos quienes tienen toda la información correspondiente a aquellos años, y al haber pasado ya cinco desde aquellos despidos tenemos derecho a destruir los datos, es la palabra de ellos contra la nuestra. A los jueces no les gustan los juicios sin documentación. No tienen nada.

Tenía razón, no teníamos nada, esos cabrones habían despedido a media plantilla porque eran demasiado jóvenes como para renovarles el contrato, a pesar de que su trabajo estaba siendo impecable, lo cual implicaría una subida de sueldo que no podían afrontar sin renunciar a sus vacaciones en Tahití o sus cenas de fin de mes. Y como decía López: había pasado demasiado tiempo para poder reclamar nada, no teníamos pruebas más que los testimonios de nuestros propios clientes. Había en juego mucho dinero, pero no teníamos una sola carta, y López y los suyos tenían toda la baraja en sus manos.

Podría haberle presionado, podría haberle metido miedo, que en situaciones como esta se me da de lujo, de modo que él terminaría preguntando con un temor oculto por la arrogancia “¿es una amenaza?” y yo contestaría que es una advertencia para que no se relajen, que tarde o temprano caerían con todo el equipo, y que sería yo quién lo viera sonriente. Al menos así conseguiría que se fueran sin la confianza de que no teníamos nada frente a ellos, aunque fuera cierto. Pero las palabras no me salían de la boca, sólo pensaba en Alicia. En Alicia haciendo la comida con aquel cuchillo que había empuñado contra mí una hora antes, Alicia necesita ayuda, el doctor nos la estaba prestando pero no era suficiente, la medicación no era lo bastante fuerte como para tranquilizarla o podía ocurrir que Alicia me estuviera mintiendo y no la tomara con la rigurosidad que debiera;  a mí me es imposible estar todo el día en casa, no puedo obligar a que se la tome ni coaccionarla en absoluto para ello. Aquella mañana no podía evitar sentir una impotencia abrumadora y una pesadumbre de culpabilidad que me aplastaba contra el suelo moquetado de aquella sala de reuniones en la que López seguía dando mazazo tras mazazo.

Cuando Alicia y yo empezamos a salir me confesó que cuando era una adolescente tuvo que ser tratada por bulimia, pero ya se encontraba completamente curada desde hacía años; los médicos no obstante suelen precisar que una persona que en su edad joven ha sufrido trastornos psicológicos tiene que llevar o al menos intentarlo, una vida relajada, porque es más propensa a sufrir nuevas patologías. Alicia había sido así, era una mujer perfecta, preciosa, inteligente y graciosa,  pero llevaba dos años viviendo un infierno dentro de su propia mente, yo intento ayudarla, pero la verdad es que la desesperación se hacía conmigo y no sabía cómo reaccionar cuando le daba algún ataque de histeria, como aquella mañana, con el cuchillo, y sus gritos de que no la tocara, que ya se había tomado las pastillas, que no iba a ir al doctor de nuevo, que me odia, que ojalá me muera, que el día que se casó conmigo estaba mejor jugando al ajedrez con alguna amiga.

-¿Me está escuchando?-López me sacó de mis reflexiones internas.
-Eh… sí, disculpe.
-Bueno, creo que no tenemos nada que añadir, ¿ustedes?-López exhibía una sonrisa increíblemente estúpida.
-No, la reunión ha terminado, tendrán noticias de nosotros.

Nos despedimos cortésmente  y me quedé sentado en mi mesa de caoba hasta que no oí sus risas estúpidas en el pasillo. Sólo había una cosa que diera vueltas en mi cabeza, Alicia. Me daban igual López y perder todo ante él. No debería haber ido a aquella reunión, Alicia era más importante, pero no me dí cuenta hasta que López había terminado conmigo.




-III-

Aparqué el coche en la plaza 52, como todas las tardes y subí a casa caminando para que el ruido del ascensor no me delatara, abrí la puerta de casa con suavidad, quería darle una sorpresa a Alicia, cogerla de las caderas y abrazarla fuerte fuerte mientras el olor de su pelo se me clavaba en el cerebro, decirle que no pasaba nada, que López me había machacado, pero no importaba, que ya no estaba enfadado, que la quería, que juntos saldríamos de ésta.

Se oía la radio de la cocina y a Fito y sus fitipaldis cantando la de “Viene y va”, Alicia siempre hace la comida con la radio puesta, meneando las piernas al ritmo de la canción cuando está contenta, a mí me gustaba apoyar la espalda en la pared mientras la veía danzar, era maravilloso. “Como la Luna, viene y va”.

Me acerqué con suavidad a la cocina, abrí la puerta de repente y miré dentro, pero allí no había nadie a quien sorprender, sólo la radio sonando encima del microondas y la puerta de la salita que usamos de despensa a medio cerrar. “De tanto hacerlo sin parar me acostumbré a respirar”.

-¿Alicia?

Pero en la casa sólo había silencio y frío “Como un espejismo”, Alicia no hacía ruido allí donde estuviera. Fui al dormitorio, donde encontré una botella de Beefeater a la que se le habían pegado unos cuantos tragos; luego irrumpí en el salón violentamente, estaba nervioso, muy nervioso, a lo mejor se había quedado dormida viendo la televisión, pero no estaba allí tampoco; Suele ir a la habitación de Omar a hacer las camas antes de comer, eso es. Fui corriendo allí “Vino una noche, se fue una mañana”.

-¿Alicia? ¿Dónde te has metido?- la puerta de la habitación del niño estaba abierta y en el suelo había tres tabletas de pastillas tiradas. “Que todos pueden tener y nadie puede guardar”

-No. No. No. No. ¡¡Alicia!! ¿Dónde coño estás? ¡¡Alicia!!- comencé a gritar con todas mis fuerzas, pero nadie contestaba- ¡¡Alicia!!-Salí de la habitación corriendo pensando dónde no había mirado, era un piso pequeño, dónde podría esconderse… Entré en la cocina de nuevo, apresuradamente, en busca de algo que me pudiera dar una pista de donde podía estar, con aquel cóctel no podría ser muy lejos, seguramente inconsciente. Entonces volví a ver  la puerta de la salita que usábamos de despensa a medio cerrar, era una puerta que solía estar cerrada, al entrar en la cocina la primera vez no me había percatado de lo poco usual que era que no fuera así. Alicia siempre me reñía con cariño cuando me la dejaba abierta, no podía haber sido un error de ella. “Como un famoso que nadie conoce”. Abrí la puerta con temor, notaba las palpitaciones de mi cuello pidiendo a voces que no estuviera, pero allí estaba, mi Alicia, pero no estaba inconsciente en el suelo mientras las pastillas hacían efecto, no, estaba con los pies colgando a veinte centímetros del suelo y por delante de la sillita que reservaba a Omar. “Tendré que soñar que puedo volar”.

La policía explicó que no había llegado a ingerir la mezcla de alcohol y pastillas, al parecer el contenido de la botella y las medicinas habían aparecido en el wáter, seguramente se había arrepentido cuando iba a hacerlo. Después no ocurrió así. Cogió el cinturón de piel marrón que me había regalado el día de nuestro cuarto aniversario de casados, lo ató a la tubería que atravesaba la despensa, usó la sillita de Omar para elevarse, atarse el cuello… y se dejó caer. Caso cerrado, dijeron.


“No es nada fácil cuando estás perdido”



-IV-

Allí estaba. Mi Alicia, colgando sobre el suelo, con los ojos cerrados y la cabeza ladeada como si estuviera durmiendo en el sofá. Cogí las tijeras de la carne y corté el cinturón de un gesto sujetando el cuerpo inerte de mi mujer en el otro brazo, aflojé la tensión de su cuello y la tumbé boca arriba, con la cabeza color lila apoyada en mi regazo.

-Ali…-comencé a llorar, hacía tanto tiempo que no lloraba que no era capaz de acordarme de la última vez que lo había hecho- No tenías que haber hecho esto… no… mierda, porque yo te quiero Ali, nos dejas solos, Ali…-La tomé el pulso pero no había nada que percibir. Sólo estaba yo hablando con su cuerpo- Ali, no…

Entonces, como si Dios se hubiera puesto de acuerdo con el Diablo, el teléfono móvil comenzó a sonar en mi chaqueta, intenté cogerlo pero me temblaban los dedos, no era capaz de presionar la tecla verde que descolgaba la llamada, era López, que me llamaba para reírse de mi por su victoria de hacía unas horas, o algo así, cuando por fin logré descolgar López no perdió tiempo en hablar.

-¿Te ha gustado el regalo?- mientras oía su risa estúpida al otro lado del aparato noté como mis lágrimas dejaban de brotar de los ojos.
-Tú…
-No sigas investigando, mientras aún tengas familia.
-Qué has hecho…
-Adiós chico, te enviaré unas flores.

“No puedo escuchar, no puedo escuchar”

jueves 12 de noviembre de 2009

-25 DE ENERO DE 1982





(1ª parte: 24 de Enero de 1982)


-V-


En aquel salón la luz amarilla del ventilador se asemejaba al brillo del Sol cuando está apunto de irse a dormir, me gustaba aquel color, aquel amarillo medio naranja, o naranja medio amarillo. En frente a mi silla estaba la puerta al despacho de Paco, y a su lado un gorila de raza negra que no creo que tuviera el suficiente cerebro como para coordinar todos los músculos de su cuerpo. Agus estaba dentro, con Paco, estarían tratando de dilucidar qué estrategia tomar ahora, qué excusas o coartadas podrían tomar, les había metido en un lío. “Imbécil”, era lo más ocurrente que se le pasaba por la mente a Agus cuando me gritó la noche anterior. “Cuando se entere Paco te va a matar, lo sabes, ¿verdad?, ¿por qué coño hiciste eso? Ya lo teníamos, eran esas fotos, nos íbamos, y trabajo terminado, mierda, es que eres imbécil, tienes tanto músculo como huecos en la cabeza”. Por mucho que me incomodara, Agus tenía razón en lo de Paco, me había metido en un jaleo del que sería difícil salir.

“Dile que pase”gritó Agus desde dentro. El gorila, como si hubieran activado algún interruptor de su nuca me hizo un gesto con las cejas como tratando de captar mi atención.


-Sí, ya lo he oído- susurré al tiempo que me levantaba de la silla para pasar al lado de aquel hombre aún más fuerte y grande que yo.


Dentro me esperaba Agus de pie, y Paco, como siempre, en aquel butacón de piel roída que le daba aquellos aires que tanto me recordaban a los malos de película.


-Hola Constantino-murmuró Paco moviendo su extensa papada como una masa inerte por encima de sus brazos cruzados.

-Buenos días jefe- continué yo.
-Siéntate, por favor- Agus me miraba con una expresión a medio camino entre la amargura y el odio. Lo he echado todo a perder y trataba de decírmelo con la mirada- El señor Gutiérrez- continuó Paco-falleció en el acto al partirse todos los huesos contra el asfalto, ¿qué ocurrió exactamente, Constantino?
-Supongo que Agus se lo habrá contado todo, jefe.
-Si, así es, pero me gustaría oír tu versión también.
-Agus pensó que lo mejor sería pagar a una de las chicas de Celia para que incitara al objetivo a realizar una infidelidad, y cuando eso ocurriera, nosotros les haríamos unas fotos para poder chantajear a su marido.
-Un plan acertado, continua.
-Cuando estaban en la cama del hotel donde Agus cogió la habitación, nosotros nos acercamos por la ventana para fotografiarles, pero algo no estaba saliendo según lo previsto.
-¿El qué?
-Aquel hombre estaba violando a Isabella, la chica- contesté con serenidad, a pesar de que una ola de ira me masticaba los intestinos-Estaba sangrando abundantemente por la boca , que tenía amordazada y atada a la cama con unas corbatas.
-Sí.
-Yo no pude aguantar aquello, la chica solo tenía que acostarse con aquel cabrón, no estaba en los planes que fuera violada, podría matarla perfectamente-empecé a levantar el tono de voz-así que, coño, yo, no podía ver aquello, no podía ver a aquella pobre chica sufriendo por un negocio nuestro, así que entré, entré, y cogí a aquel hombre, lo cogí por el cuello, Dios, lo cogí, y lo lancé por la ventana, no sé qué me pasó, de verdad, no quería, pero…
-Basta Constantino. Está bien.
-Disculpe-dije, tratando de serenarme. Mis manos se estrujaban entre ellas presas de la furia que me invadía.
-¿Sabes que ocurrió después?
-Sí, fui a desatar a la chica, pero empezamos a oír gritos en la calle, y Agus me gritaba desde la habitación de al lado que nos largáramos, no teníamos mucho tiempo, así que salimos los dos rápido, dejando a la chica aún atada a la cama, estaba semiconsciente, y nos fuimos en el coche lo antes posible.
-Te voy a decir lo que pasó después-Paco me miraba con la mitad de sus ojos tapados por unas cejas peludas que denostaban un enfado difícil de superar, pero se mantenía con frialdad en sus cabales- Pasó que el cuerpo inerte del señor Gutiérrez se rodeó en cuestión de minutos de una horda de policías y de curiosos a partes iguales. Pasó que una piara de periodistas escribió cientos de artículos sobre el suceso, y lo peor de todo, que llevaron a la chica al hospital de San Juan, donde permanece vigilada por un policía nacional hasta que se recupere. ¿Y sabes qué pasará cuando se ponga mejor?
-No…
-Pasará que la interrogaran, la torturarán si hace falta, hasta que diga qué sabe, quién mató a aquel idiota y porqué. Entonces saldrá tu nombre, y el de Agus, y el de Fer y todo tu equipo, y lo que es peor, mi nombre.
-Sí.
-Tengo dos opciones. Y tengo serias dudas de cual de ellas escoger. ¿Te gustan las opciones Constantino?
-No- susurré cortante.
-A veces en la vida no queda más remedio que escoger grandullón, y cuando eso pasa, o escoges, o escoge alguien por ti. No te preocupes, porque no estoy en absoluto enfadado contigo, es más, te voy a dejar que escojas por mi. La primera opción es que mande a Norberto, el chico de la puerta, a San Juan, a que mate a esa chica. Y luego que te mate a ti. La otra opción es darte una oportunidad, y dejarte a ti el encargo de matar a la chica, aunque eso sí, sin ningún tipo de remuneración, tan solo estarías limpiando tus errores. ¿Cuál prefieres?

En aquel momento los pelos de mi espalda se erizaron como escarpias y las orejas tiraron de la piel de mi cara hacia atrás. Paco me estaba obligando a asesinar a aquella chica a la que hacía unas horas yo había salvado, sino me matarían a mí, no había demasiada opción. Pensé en desenfundar mi Heckler, cargarme a aquellos dos hombres, al gorila de la puerta, y salir lo más rápido posible, donde nadie pudiera encontrarme. Pero aquello sería una locura, sería hombre muerto de todos modos.


-Gracias jefe. No le defraudaré.

-Eso espero Constantino.





-VI-


Al final de la calle Barbosa me encontré con Rafael, un niño de catorce años que solía ir por allí, sólo, todas las tardes, a jugar a la pelota y escupir a las niñas que paseaban por la zona con sus abuelas. Dormía en casa de un hombre que tenía una farmacia en la plaza Antuña. Un bonachón que lo había adoptado a la edad de cinco, pero no ejercía ningún tipo de función ni tutela sobre el niño aparte de colegio de manera ocasional, darle de comer y proporcionarle donde dormir, el resto del día solía pasarlo en la calle. Era precisamente lo que necesitaba para explorar el terreno.

-Hola chico, ¿quieres ganarte cinco mil pesetas?- dije, mientras le enseñaba los cinco billetes colgando de entre mis dedos. Rafael exhibió una expresión que me hizo estremecer, estaba seguro de que nunca había visto tanto dinero junto, y que era posible que tardara en volver a verlo.


-Claro señor.

Todo había pasado muy rápido, aquel día era 25 de Enero de 1984, un día después del asesinato. Isabella permanecería ingresada otros dos días así que mi momento era esa misma noche, no podía dejarlo para más adelante porque estaría más despierta y cabía la posibilidad de que algún investigador de la policía se pasara a hacer algunas preguntas. Rafael me dio la misma información que Paco me había ofrecido en su despacho de mala muerte aquella mañana: un policía custodiando la entrada a la habitación y ninguna otra medida de seguridad.

Perfecto.






-VII-


-Espero que no la cages- Agus hablaba sin mirarme, estaba sumamente entretenido con su bolígrafo de publicidad de transporte. Suele ponerse así cuando está nervioso, cuando algo le preocupa-Si la cagas, te matarán, ¿lo sabes?, y creo que eres bueno, bueno en lo tuyo, pero bueno.
-Gracias- contesté.
-No me des las gracias y cárgate a esa mujer.


Me quedé pirando mis botas un momento, respirando, pensando que Agus no era un mal tipo, pero tenía miedo.


-¿No te da pena? Es una cría, no ha hecho nada, quiero decir, tan solo confió en ti, y ahora vas y la das por culo, no la proteges ni lo más mínimo. Ella confiaba en ti. Y la pagas así.
-Escucha Constantino, esto no es una cuestión de sensibilidad, es ella, o nosotros. Y si va a morir es por tu culpa, porque sino hubieras actuado, ella no estaría condenada a muerte.

Yo no tengo miedo.


-No quiero matarla-repliqué.

-¿Vas a morir por ella?

No tengo miedo porque la muerte es el fin del principio, y si aquel gorila iba a matarme por salvarle la vida a Isabella. Adelante. Pienso esperar acariciándome las pelotas.


-Supongo que no.

-Haz lo que tienes que hacer. ¿Necesitas ayuda? Podría, no sé, proporcionarte material, o quizás acompañarte, llevarte el coche, algo.

No tengo miedo porque veo que los demás lo tienen, lo tienen por mi.


-No, lo haré solo. Será un momento.

viernes 6 de noviembre de 2009

-AGUACATE Y HURACÁN



-I-


Ella, tenía un ciclón debajo de las uñas, estoy seguro, te acariciaba la espalda con el extremo de sus dedos y tú sentías que eras una vaca del género hereford flotando como una hoja de sauce que se cae en medio del vendaval.


-Me encanta cuando me haces eso-le decía.


Ella sonreía al oírme,

no la veía hacerlo,

pero estoy seguro de que sonreía

mientras todos los poros de mi cuerpo

hacían la ola ante sus ojos.


Después ella decía que me quería,

y yo la decía que yo también,

y seguía desatando el ciclón por mis costados.


Yo,

era en momentos como ese que pensaba que justo en ese instante todo era perfecto, y

durante ese instante daba igual todo lo demás,

no importaba absolutamente nada

fuera de sus caricias,

de su voz,

de mi carne de gallina.


El 12 de Abril de aquel año era martes, y los martes son días sin personalidad, días estúpidos en los que las comas son puntos y aparte. Yo iba a trabajar una hora después que Ana, así que solía levantarme antes para llevarle el desayuno a la cama. Le encantaba que hiciera eso, a mí no, pero a ella le gustaba, así que estaba bien.


-¿Sabes a qué saben los aguacates?- Me preguntó mientras revolvía la taza de café.

-No, no me gustan.

-No lo sabes y sabes que no te gustan.

-Ya me entendiste.

-No- Y me sonreía, porque sabe que haría lo que fuera por ella- Te he comprado unos pocos para que los pruebes, están abajo, donde la fruta.

-Gracias, luego comeré uno a ver que tal están.


Me eché en la cama boca arriba contando los segundos que tardaba en ducharse fugazmente y salir desnuda rumbo al armario donde se enfundaría su atuendo de ejecutiva agresiva. La vi ponerse las braguitas, y el sujetador, y sus medias con bordaditos, y su falda y su camisa… Parece que danza. Creo que si yo no estuviera delante no se vestiría así, como si quisiera hacerle el amor a cada centímetro de su ropa sin darle importancia.


-¿Crees que esta falda queda bien con éstos zapatos?

-No, creo que deberías cambiarte la falda, no pegan los colores.

-Sí que pegan- contestó mientras se abrochaba la cremallera- no tienes ni idea, sólo lo dices para que me desvista otra vez, ¿eh?

-Me has pillado.


Se fue en el coche y yo me quedé en casa como cada martes, una hora solo. La casa siempre me pareció grande y más para mi sin ella, pero los martes, en esa hora en que no estaba conmigo, se hacía inmensa. Las paredes la echan de menos, incluso más que yo, y se convierten en muros gigantes que me piden que me duche yo también, que de noche la volverás a ver, que no seas tan estúpido, es sólo una mujer. “Cállate, es solo una mujer, pero es capaz de darle la vuelta a mi vida con que llegue 10 minutos tarde”. Eres un imbécil, vete al trabajo.


En la cocina estaban los aguacates, como Ana había prometido, cogí uno y me lo metí en el bolsillo de la chaqueta para comérmelo cuando echarla de menos no sea sostenible con seguir despierto.




-II-


-¿Vienes?


A las doce y media, cada día, el capataz nos da un descanso de veinte minutos para comer. Mis compañeros suelen bajar a un bar que tiene los bocadillos baratos y vuelven con el tiempo justo y la barriga atiborrada de comida. Yo por mi lado prefiero subir a lo alto del andamiaje, desde donde se ve media ciudad y sentarme con los pies colgando al vacío y el bocadillo que me prepara Ana cada noche entre los dedos.


-No, creo que hoy también prefiero comer aquí.

-Como veas, hasta ahora.


Desde arriba dan ganas de tirarse,

de decirle al bocata que no llore por ti

y todo fin y vacío. Y se acabó.

Pero veo al queso saliendo de entre la miga

y la veo a ella comprándolo en el súper,

con su carrito de la compra

y esa falda de cuadros que se pone para ir al súper.


Miro los edificios,

con sus ladrillos y sus lágrimas y su ropa tendida,

con ese montón de gente apelotonada en los sofás,

y las voces y las familias y el amor y todo eso,

y deseo ser golondrino, volar y volar,

meterme en una chimenea

y sentir

que siento,

que vivo,

que se me mancha el pelo de historia

y la vida se muere de risa.


El aguacate me sabe a tiro en la rodilla

con su textura pastelosa y los grumitos de migas de pan,

y la saliva rancia y seca,

pero lo como, porque la echo de menos,

porque quiero estar con ella

ahora, en lo alto del andamio,

donde el viento huele a ciudad

donde si llueve

te sientes infinito.

Lo como porque me recuerda al ciclón

que guarda debajo de las uñas,

a su sonrisa de mil mares

a su silueta con forma de ella,

lo como,

porque echarla de menos

ya no es sostenible

con seguir despierto.

viernes 30 de octubre de 2009

-18 PULSACIONES


“Escucha chico” Su voz sonaba increíblemente paternal a pesar de la distorsión del megáfono. “No quieres hacer esto, y lo sabes” Se equivocaba, claro que quería hacerlo, y ningún policía con labia iba a impedirme conseguir lo que quería.


-Dejalo tío… yo no te he hecho nada, ni siquiera te conozco…


El muchacho que tenía agarrado en mi brazo por el cuello intentaba inclinarse para poder mirarme mientras hablaba.


-Cállate…


“Escucha Juan, tenemos a tres hombres dispuestos a intercambiarse por tres de los rehenes”



Debían estar de coña, de allí no iba a salir nadie hasta que no tuviera lo que quería, era lo único que resonaba en mi cabeza.


-¡¡¡¡No quiero cambiar mis rehenes!!!!! ¡¡¡La quiero a ella!!!

“Estamos intentando localizarla Juan, tienes que tranquilizarte”

-Tío, suéltame… Veía al muchacho en mi brazo suplicándome, qué gracioso resultaba, no voy a matarlo bajo ningún concepto, no soy un asesino, sólo quiero verla.

-Cállate.


“Juan, uno de los tres hombres va a entrar, ¿de acuerdo? Abrirá la puerta y la sujetará mientras uno de tus rehenes sale al exterior, luego él entrará y se tumbará en el suelo como tú digas, ¿Entendido?”


-¡¡Te acabo de decir que no quiero cambiar mis rehenes!!

-No me mates joder, no me mates.

-No voy a matarte imbécil- susurré, mientras apreciaba como su expresión se tornaba súbitamente en una risa floja-No te rías, o cambiaré de opinión, aquí sigo mandando yo, ¿estamos?- Añadí duramente al tiempo que apretaba un poco la pistola contra su sien.

-Sí, sí, claro, lo siento.

-¿Que no se mueva ni Dios o me pongo a pegar tiros estamos?- vociferé a las otras tres personas que permanecían tumbadas en el suelo del estanco. Eran dos clientas, el dueño del establecimiento y el muchacho que permanecía amarrado por mi brazo.


“Juan, tienes que colaborar, sino no podremos darte lo que quieres”


-Tú- dije, apuntando con la mirada al dueño- tráeme unos cigarrillos mentolados.

-Sí señor- Le observé incorporarse toscamente y tambalearse hacia la estantería del tabaco, estaba completamente atemorizado.

-Aquí tiene señor.

-Saca uno, enciéndelo y pónmelo en los labios. Rápido.

-Sí, por supuesto.

“¿Sigues ahí Juan?”

-¡Para qué me preguntas si me estás viendo desde el coche gilipollas!

“Tengo una buena noticia, tu mujer está de camino, llegará en dos minutos”

-¡De acuerdo!


Le di una calada larga al cigarro y eché el humo por la nariz.


-Vuelve a ponerte donde estabas.

-Sí, sí- el anciano volvió a tumbarse en el suelo, exactamente sobre las mismas baldosas en las que había grabado su silueta con sudor unos segundos antes.

-¡Llega o no llega!-No obtuve respuesta alguna, a cambio escuché movimiento en el exterior, como de gente corriendo silenciosamente- ¡No hagáis ninguna estupidez! Os juro que me cargo a éste mamón ahora mismo.


“Nadie va a hacer nada Juan, estamos esperando a que Silvia llegue” Me contestó la voz metalizada del megáfono. Estaban haciendo algo, no sé el qué, no soy poli, pero estoy seguro de que estaban adoptando alguna de las estrategias que en la escuela de policías, o la academia, o lo que sea donde aprenden a ser polis, les había enseñado. No me importaba mientras ella viniera a verme.


-Padre nuestro que estás en los cielos… santificado sea tu nombre…-empezó a musitar una de las señoras echadas en el suelo.

-No rece señora, eso no va a salvarla hoy.

-Hágase tu voluntad…

-¿Me está escuchando?

-Sí… perdone.

-No me pida perdón, yo se lo pido a usted por estar haciéndola pasar éste mal rato.

-¿Qué clase de asesino eres, tío?- atajó el muchacho que permanecía cogido en mi brazo.

Apreté su nuez en mi antebrazo con tanta fuerza que sus orejas, lo único que podía ver aparte de su pelo desde mi perspectiva, comenzaron a ponerse moradas, y sus pies comenzaban a suspenderse en el aire al tiempo que pataleaba.

-¿Lo pillas imbécil?- El chico musitó un “sí” entrecortado, señal que usé para relajar la presión sobre su cuello-Y que ni se te ocurra hacerte el héroe. ¿Sabes quién es Maquiavelo?

-¿Maquiavelo?

-Sí.

-Un filósofo ¿no?, un pensador, algo así, yo que sé, estás como una cabra…

-Un filósofo, es quién acuñó la frase “el fin justifica los medios”.

-¿A mí que coño me importa?, mierda, suéltame tío…

-Yo he venido aquí a recuperar lo único que tenía. Ese es mi fin.

-Suéltame tío, esos polis te van a volar la cabeza en cuanto te descuides, tío, no seas idiota.

-Y si tú eres uno de los medios que necesito, no me va a temblar el pulso lo más mínimo.


El chico dejó de moverse nerviosamente y cerró la boca, por fin, creo que se había creído que iba en serio.


“toc, toc”


Alguien picaba a la puerta, era una puerta de esas traslúcidas que dejan ver la sombra de quién está detrás, pero no distinguir de quién se trataba.


-¿Quién coño eres?, ¡tú no eres a quién estoy esperando!

-Soy uno de los voluntarios, voy a abrir la puerta- contestó, con la voz ahogada por la puerta, era uno de los valientes que querían intercambiarse por los rehenes,

-¿Estás armado?

-No.

-¡Lárgate!

-Voy a abrir la puerta.

-¡Atrévete si tienes huevos!-grité mientras empuñaba mi pistola contra el cristal de la ventana-Te estoy apuntando al pecho superman, lárgate o disparo.

-Si disparas un montón de polis que están a mi alrededor dispararán también, y créeme que ellos sí que saben disparar.


Mi respiración se aceleraba, ése tipo tenía razón, tenía que tenerla, o eso, o tiene unos huevos impresionantes.


-Está bien, abre la puerta.


Así lo hizo, la puerta se giró muy despacio dejando entrar la imagen del hombre que luchaba por atravesar el cristal traslúcido, era un hombre de mediana edad, con una chupa de cuero marrón y pantalones pitillo.


-Ahora vas a dejar salir a uno de los rehenes, ¿de acuerdo?-no dejaba de apuntarle con mi pistola.

-Sí… ¡tú! La que rezaba, lárgate, ¡rápido!


La mujer se levantó todo lo ágil que su tercera edad le permitía y salió por la puerta sujetada por el valiente mientras susurraba gracias, gracias, gracias, gracias.


-Cierra la puerta y túmbate donde estaba ella.

-Si.

-Despacio.


Así lo hizo el hombre de la chupa de cuero marrón, ocupó exactamente la posición que ocupaba su antecesora. Fuera se oyeron los gritos de alegría de un hombre, supongo que sería el hijo, o el marido, o el hermano, yo que sé, de la señora que acababa de salir de su infierno particular.


“Lo estás haciendo muy bien Juan”, me comunicó la voz metalizada del megáfono, pero ya no era el hombre con voz paternal que llevaba conmigo todo el rato. Era ella. Era Silvia.


-¿Silvia?

-Sí, cielo, soy yo- sonaba tan dulce… hasta con su voz empañada por el vapor de las lágrimas y la distorsión del aparato.

-Hola nena. ¿cómo estás?



-Bien Juan, estoy aquí, contigo.

-¡Silvia!, me cago en la leche, no estoy para bromas, no contestes lo que quiere el gilipollas que tienes al lado, quiero hablar contigo, ¡¡¡no con él!!!

-Vale Juan, perdona, sólo hablaremos nosotros.

-Okey.



-¿Sigues ahí Juan?

-Sí.

-¿Por qué estás haciendo esto?

-Era la única forma que se me ocurrió de que hablaras conmigo, no me coges el teléfono, no contestas a mis mensajes, ni a mis correos electrónicos, te he escrito hasta cartas ordinarias al trabajo, pero no sé nada de ti desde hace cuatro meses.

-Lo siento mucho cielo… pero esta no es la manera.

-Estamos hablando, ya es más de lo que hemos conseguido en todo este tiempo. ¡Entra!

-¿Qué entre?

-¡Sí! No quiero que estemos hablando a voces.


Esperé un momento, conté hasta 18 pulsaciones, marcadas en mi garganta, antes de dirigirme al muchacho que seguía inmóvil en mi brazo.


-Voy a soltarte y me alejaré de ti un metro. Te estaré apuntando a la nuca, haz lo que te diga, ¿lo has entendido?

-Sí…sí, tío.


Solté su cuello y estiré el brazo, engarrotado de tanto tiempo doblado sujetando al chico.


-Bien, ahora quiero que te eches boca abajo.


El chico así lo hizo, con algún que otro gesto dubitativo, y se quedó como muerto sobre las baldosas del estanco. Yo me senté a un lado de la puerta, en el suelo con las piernas cruzadas, a esperar que Silvia llegara.

Todo en orden.


La puerta se entreabrió y del cristal traslúcido se materializó Silvia con un vestido azul perfectamente ajustado a sus piernas y estropeado con un chaleco antibalas que le habían colocado cubriendo todo su torso.


-Siéntate.


Silvia, a pesar de lo peligroso de la situación, se sentó frente a mi, dominando la situación con un gesto mejor que cualquiera de los polis que nos rodeaban.


-Llevas aquí cuatro horas Juan, se ha hecho de noche, deberías dejarlo ya, con esto no vas a llegar a nada.

-Hola Silvia.


Se calló al instante y se quedó mirando la pistola que sujetaba en la mano derecha.


-Mira a tu alrededor- susurré.


Silvia giró su cabeza despacio y observó la estancia iluminada únicamente por las luces azules y blancas de los coches patrulla, observó al dueño del estanco, a la señora que no se había movido en toda la tarde, al muchacho que mantuve cogido y al valiente de la chupa de cuero, observó también las paredes, llenas de detalles y de cuadros relacionados con el mundo del tabaco, pipas de colección, fotos en sepia, estanterías con cajas de puros, la máquina de tabaco, el mostrador con su estantería gigante detrás repleta de cajetillas de cigarros, el ventilador del techo que seguía moviéndose en la oscuridad…


-No es un sitio de reunión adecuado, no cabe duda, pero no encontré otro mejor.

-Juan, qué te ha pasado.

-¿Por qué me has ignorado todo este tiempo?

-No te ignoraba, es solo que pensé…

-Qué…-corté con enfado.

-Pensé que hasta que no me borraras de tu cabeza no podía volver a hablar contigo, tú por tu lado, yo por el mío.

-Ahora estamos los dos en el mismo lado-musité, sin ocultar una sonrisa.

-No tenías que haber hecho esto.

-Ni tú haberme dejado tirado, como a un perro de pelea viejo.

-Cielo, lo siento.

-Ahora lo sientes.

-Sí.

-Te creo.

-¿Me crees?

-Sí. Te creo porque cuando pestañeas siento que el mundo se hace pequeño. Y a alguien con esa capacidad se la tiene que creer, como se cree en Dios, porque sí, porque la vida es así.

-Juan…-sus ojos empezaban a empañarse.

-Qué- contesté tajante, sin mostrar un ápice de sensibilidad.

-¿Qué quieres de mi?-rompió a llorar- Quiero decir, ¿por qué esto?

-Porque un día te dije que sin ti yo me muero, ¿te acuerdas?

-Si…

-Pues eso, y si voy a morirme, morirme porque tú no estás, antes quería recordarte que era por eso.

-No seas trágico, Juan, todo tiene arreglo, buscaremos ayuda, juntos, buscaremos ayuda, me han dicho que no has disparado, que no has matado a nadie, no te caerá mucho, ¿sabes?, y recibirás ayuda, y después estarás mejor, y podremos estar juntos.

-Lo único que va a pasar es que mañana serás nacionalmente conocida como la mujer del estanquero, o el apodo que la prensa del día me ponga- esbocé una sonrisa- ¿te gusta?, a mí sí, un crimen pasional, dirán, alguna de esas basuras que dicen los periódicos cuando se muere alguien por culpa del amor.


Me llevé la pistola a la boca. Coloqué el pulgar en el gatillo, giré el martillo, y la miré. La miré a los ojos, consciente de que ésa era la última vez que iba a verlos. Y me sentí feliz de que eso fuera lo último que viera.


-Juan, el amor no mata gente.

-Cuando se va siempre deja dos cadáveres. Hoy le toca al primero, ¿lo entiendes?

-Juan, no…dime qué puedo hacer- sus lágrimas caían como cataratas de sus ojos y le mojaban los labios. Estaba preciosa.

-Sí… puedes hacer algo. No dejes de mirarme con tus ojos, será lo más parecido a morirme en ellos.


Abrí la boca y metí el cañón entre los dientes, lo mordí con fuerza.


“Te falta valor” dijo la voz de mi padre en mi cabeza.


Y como si todos la hubieran oído, el escenario estalló: Oí el estruendo de los cristales rompiéndose, de los polis entrando corriendo, con sus gorras y sus mp5, y todo eso que llevan, gritándome cosas que no llegué a distinguir nunca.

domingo 25 de octubre de 2009

-REFLEXIONES XI

"Te amo en defensa propia"