Ella, tenía un ciclón debajo de las uñas, estoy seguro, te acariciaba la espalda con el extremo de sus dedos y tú sentías que eras una vaca del género hereford flotando como una hoja de sauce que se cae en medio del vendaval.
-Me encanta cuando me haces eso-le decía.
Ella sonreía al oírme,
no la veía hacerlo,
pero estoy seguro de que sonreía
mientras todos los poros de mi cuerpo
hacían la ola ante sus ojos.
Después ella decía que me quería,
y yo la decía que yo también,
y seguía desatando el ciclón por mis costados.
Yo,
era en momentos como ese que pensaba que justo en ese instante todo era perfecto, y
durante ese instante daba igual todo lo demás,
no importaba absolutamente nada
fuera de sus caricias,
de su voz,
de mi carne de gallina.
El 12 de Abril de aquel año era martes, y los martes son días sin personalidad, días estúpidos en los que las comas son puntos y aparte. Yo iba a trabajar una hora después que Ana, así que solía levantarme antes para llevarle el desayuno a la cama. Le encantaba que hiciera eso, a mí no, pero a ella le gustaba, así que estaba bien.
-¿Sabes a qué saben los aguacates?- Me preguntó mientras revolvía la taza de café.
-No, no me gustan.
-No lo sabes y sabes que no te gustan.
-Ya me entendiste.
-No- Y me sonreía, porque sabe que haría lo que fuera por ella- Te he comprado unos pocos para que los pruebes, están abajo, donde la fruta.
-Gracias, luego comeré uno a ver que tal están.
Me eché en la cama boca arriba contando los segundos que tardaba en ducharse fugazmente y salir desnuda rumbo al armario donde se enfundaría su atuendo de ejecutiva agresiva. La vi ponerse las braguitas, y el sujetador, y sus medias con bordaditos, y su falda y su camisa… Parece que danza. Creo que si yo no estuviera delante no se vestiría así, como si quisiera hacerle el amor a cada centímetro de su ropa sin darle importancia.
-¿Crees que esta falda queda bien con éstos zapatos?
-No, creo que deberías cambiarte la falda, no pegan los colores.
-Sí que pegan- contestó mientras se abrochaba la cremallera- no tienes ni idea, sólo lo dices para que me desvista otra vez, ¿eh?
-Me has pillado.
Se fue en el coche y yo me quedé en casa como cada martes, una hora solo. La casa siempre me pareció grande y más para mi sin ella, pero los martes, en esa hora en que no estaba conmigo, se hacía inmensa. Las paredes la echan de menos, incluso más que yo, y se convierten en muros gigantes que me piden que me duche yo también, que de noche la volverás a ver, que no seas tan estúpido, es sólo una mujer. “Cállate, es solo una mujer, pero es capaz de darle la vuelta a mi vida con que llegue 10 minutos tarde”. Eres un imbécil, vete al trabajo.
En la cocina estaban los aguacates, como Ana había prometido, cogí uno y me lo metí en el bolsillo de la chaqueta para comérmelo cuando echarla de menos no sea sostenible con seguir despierto.
-II-
-¿Vienes?
A las doce y media, cada día, el capataz nos da un descanso de veinte minutos para comer. Mis compañeros suelen bajar a un bar que tiene los bocadillos baratos y vuelven con el tiempo justo y la barriga atiborrada de comida. Yo por mi lado prefiero subir a lo alto del andamiaje, desde donde se ve media ciudad y sentarme con los pies colgando al vacío y el bocadillo que me prepara Ana cada noche entre los dedos.
-No, creo que hoy también prefiero comer aquí.
-Como veas, hasta ahora.
Desde arriba dan ganas de tirarse,
de decirle al bocata que no llore por ti
y todo fin y vacío. Y se acabó.
Pero veo al queso saliendo de entre la miga
y la veo a ella comprándolo en el súper,
con su carrito de la compra
y esa falda de cuadros que se pone para ir al súper.
Miro los edificios,
con sus ladrillos y sus lágrimas y su ropa tendida,
con ese montón de gente apelotonada en los sofás,
y las voces y las familias y el amor y todo eso,
y deseo ser golondrino, volar y volar,
meterme en una chimenea
y sentir
que siento,
que vivo,
que se me mancha el pelo de historia
yla vida se muere de risa.
El aguacate me sabe atiro en la rodilla
con su textura pastelosa y los grumitos de migas de pan,
“Escucha chico” Su voz sonaba increíblemente paternal a pesar de la distorsión del megáfono. “No quieres hacer esto, y lo sabes” Se equivocaba, claro que quería hacerlo, y ningún policía con labia iba a impedirme conseguir lo que quería.
-Dejalo tío… yo no te he hecho nada, ni siquiera te conozco…
El muchacho que tenía agarrado en mi brazo por el cuello intentaba inclinarse para poder mirarme mientras hablaba.
-Cállate…
“Escucha Juan, tenemos a tres hombres dispuestos a intercambiarse por tres de los rehenes”
…
Debían estar de coña, de allí no iba a salir nadie hasta que no tuviera lo que quería, era lo único que resonaba en mi cabeza.
-¡¡¡¡No quiero cambiar mis rehenes!!!!! ¡¡¡La quiero a ella!!!
“Estamos intentando localizarla Juan, tienes que tranquilizarte”
-Tío, suéltame… Veía al muchacho en mi brazo suplicándome, qué gracioso resultaba, no voy a matarlo bajo ningún concepto, no soy un asesino, sólo quiero verla.
-Cállate.
“Juan, uno de los tres hombres va a entrar, ¿de acuerdo? Abrirá la puerta y la sujetará mientras uno de tus rehenes sale al exterior, luego él entrará y se tumbará en el suelo como tú digas, ¿Entendido?”
-¡¡Te acabo de decir que no quiero cambiar mis rehenes!!
-No me mates joder, no me mates.
-No voy a matarte imbécil- susurré, mientras apreciaba como su expresión se tornaba súbitamente en una risa floja-No te rías, o cambiaré de opinión, aquí sigo mandando yo, ¿estamos?- Añadí duramente al tiempo que apretaba un poco la pistola contra su sien.
-Sí, sí, claro, lo siento.
-¿Que no se mueva ni Dios o me pongo a pegar tiros estamos?- vociferé a las otras tres personas que permanecían tumbadas en el suelo del estanco. Eran dos clientas, el dueño del establecimiento y el muchacho que permanecía amarrado por mi brazo.
“Juan, tienes que colaborar, sino no podremos darte lo que quieres”
-Tú- dije, apuntando con la mirada al dueño- tráeme unos cigarrillos mentolados.
-Sí señor- Le observé incorporarse toscamente y tambalearse hacia la estantería del tabaco, estaba completamente atemorizado.
-Aquí tiene señor.
-Saca uno, enciéndelo y pónmelo en los labios. Rápido.
-Sí, por supuesto.
“¿Sigues ahí Juan?”
-¡Para qué me preguntas si me estás viendo desde el coche gilipollas!
“Tengo una buena noticia, tu mujer está de camino, llegará en dos minutos”
-¡De acuerdo!
Le di una calada larga al cigarro y eché el humo por la nariz.
-Vuelve a ponerte donde estabas.
-Sí, sí- el anciano volvió a tumbarse en el suelo, exactamente sobre las mismas baldosas en las que había grabado su silueta con sudor unos segundos antes.
-¡Llega o no llega!-No obtuve respuesta alguna, a cambio escuché movimiento en el exterior, como de gente corriendo silenciosamente- ¡No hagáis ninguna estupidez! Os juro que me cargo a éste mamón ahora mismo.
“Nadie va a hacer nada Juan, estamos esperando a que Silvia llegue” Me contestó la voz metalizada del megáfono. Estaban haciendo algo, no sé el qué, no soy poli, pero estoy seguro de que estaban adoptando alguna de las estrategias que en la escuela de policías, o la academia, o lo que sea donde aprenden a ser polis, les había enseñado. No me importaba mientras ella viniera a verme.
-Padre nuestro que estás en los cielos… santificado sea tu nombre…-empezó a musitar una de las señoras echadas en el suelo.
-No rece señora, eso no va a salvarla hoy.
-Hágase tu voluntad…
-¿Me está escuchando?
-Sí… perdone.
-No me pida perdón, yo se lo pido a usted por estar haciéndola pasar éste mal rato.
-¿Qué clase de asesino eres, tío?- atajó el muchacho que permanecía cogido en mi brazo.
Apreté su nuez en mi antebrazo con tanta fuerza que sus orejas, lo único que podía ver aparte de su pelo desde mi perspectiva, comenzaron a ponerse moradas, y sus pies comenzaban a suspenderse en el aire al tiempo que pataleaba.
-¿Lo pillas imbécil?- El chico musitó un “sí” entrecortado, señal que usé para relajar la presión sobre su cuello-Y que ni se te ocurra hacerte el héroe. ¿Sabes quién es Maquiavelo?
-¿Maquiavelo?
-Sí.
-Un filósofo ¿no?, un pensador, algo así, yo que sé, estás como una cabra…
-Un filósofo, es quién acuñó la frase “el fin justifica los medios”.
-¿A mí que coño me importa?, mierda, suéltame tío…
-Yo he venido aquí a recuperar lo único que tenía. Ese es mi fin.
-Suéltame tío, esos polis te van a volar la cabeza en cuanto te descuides, tío, no seas idiota.
-Y si tú eres uno de los medios que necesito, no me va a temblar el pulso lo más mínimo.
El chico dejó de moverse nerviosamente y cerró la boca, por fin, creo que se había creído que iba en serio.
“toc, toc”
Alguien picaba a la puerta, era una puerta de esas traslúcidas que dejan ver la sombra de quién está detrás, pero no distinguir de quién se trataba.
-¿Quién coño eres?, ¡tú no eres a quién estoy esperando!
-Soy uno de los voluntarios, voy a abrir la puerta- contestó, con la voz ahogada por la puerta, era uno de los valientes que querían intercambiarse por los rehenes,
-¿Estás armado?
-No.
-¡Lárgate!
-Voy a abrir la puerta.
-¡Atrévete si tienes huevos!-grité mientras empuñaba mi pistola contra el cristal de la ventana-Te estoy apuntando al pecho superman, lárgate o disparo.
-Si disparas un montón de polis que están a mi alrededor dispararán también, y créeme que ellos sí que saben disparar.
Mi respiración se aceleraba, ése tipo tenía razón, tenía que tenerla, o eso, o tiene unos huevos impresionantes.
-Está bien, abre la puerta.
Así lo hizo, la puerta se giró muy despacio dejando entrar la imagen del hombre que luchaba por atravesar el cristal traslúcido, era unhombre de mediana edad, con una chupa de cuero marrón y pantalones pitillo.
-Ahora vas a dejar salir a uno de los rehenes, ¿de acuerdo?-no dejaba de apuntarle con mi pistola.
-Sí… ¡tú! La que rezaba, lárgate, ¡rápido!
La mujer se levantó todo lo ágil que su tercera edad le permitía y salió por la puerta sujetada por el valiente mientras susurraba gracias, gracias, gracias, gracias.
-Cierra la puerta y túmbate donde estaba ella.
-Si.
-Despacio.
Así lo hizo el hombre de la chupa de cuero marrón, ocupó exactamente la posición que ocupaba su antecesora. Fuera se oyeron los gritos de alegría de un hombre, supongo que sería el hijo, o el marido, o el hermano, yo que sé, de la señora que acababa de salir de su infierno particular.
“Lo estás haciendo muy bien Juan”, me comunicó la voz metalizada del megáfono, pero ya no era el hombre con voz paternal que llevaba conmigo todo el rato. Era ella. Era Silvia.
-¿Silvia?
-Sí, cielo, soy yo- sonaba tan dulce… hasta con su voz empañada por el vapor de las lágrimas y la distorsión del aparato.
-Hola nena. ¿cómo estás?
…
-Bien Juan, estoy aquí, contigo.
-¡Silvia!, me cago en la leche, no estoy para bromas, no contestes lo que quiere el gilipollas que tienes al lado, quiero hablar contigo, ¡¡¡no con él!!!
-Vale Juan, perdona, sólo hablaremos nosotros.
-Okey.
…
-¿Sigues ahí Juan?
-Sí.
-¿Por qué estás haciendo esto?
-Era la única forma que se me ocurrió de que hablaras conmigo, no me coges el teléfono, no contestas a mis mensajes, ni a mis correos electrónicos, te he escrito hasta cartas ordinarias al trabajo, pero no sé nada de ti desde hace cuatro meses.
-Lo siento mucho cielo… pero esta no es la manera.
-Estamos hablando, ya es más de lo que hemos conseguido en todo este tiempo. ¡Entra!
-¿Qué entre?
-¡Sí! No quiero que estemos hablando a voces.
Esperé un momento, conté hasta 18 pulsaciones, marcadas en mi garganta, antes de dirigirme al muchacho que seguía inmóvil en mi brazo.
-Voy a soltarte y me alejaré de ti un metro. Te estaré apuntando a la nuca, haz lo que te diga, ¿lo has entendido?
-Sí…sí, tío.
Solté su cuello y estiré el brazo, engarrotado de tanto tiempo doblado sujetando al chico.
-Bien, ahora quiero que te eches boca abajo.
El chico así lo hizo, con algún que otro gesto dubitativo, y se quedó como muerto sobre las baldosas del estanco. Yo me senté a un lado de la puerta, en el suelo con las piernas cruzadas, a esperar que Silvia llegara.
Todo en orden.
La puerta se entreabrió y del cristal traslúcido se materializó Silvia con un vestido azul perfectamente ajustado a sus piernas y estropeado con un chaleco antibalas que le habían colocado cubriendo todo su torso.
-Siéntate.
Silvia, a pesar de lo peligroso de la situación, se sentó frente a mi, dominando la situación con un gesto mejor que cualquiera de los polis que nos rodeaban.
-Llevas aquí cuatro horas Juan, se ha hecho de noche, deberías dejarlo ya, con esto no vas a llegar a nada.
-Hola Silvia.
Se calló al instante y se quedó mirando la pistola que sujetaba en la mano derecha.
-Mira a tu alrededor- susurré.
Silvia giró su cabeza despacio y observó la estancia iluminada únicamente por las luces azules y blancas de los coches patrulla, observó al dueño del estanco, a la señora que no se había movido en toda la tarde, al muchacho que mantuve cogido y al valiente de la chupa de cuero, observó también las paredes, llenas de detalles y de cuadros relacionados con el mundo del tabaco, pipas de colección, fotos en sepia, estanterías con cajas de puros, la máquina de tabaco, el mostrador con su estantería gigante detrás repleta de cajetillas de cigarros, el ventilador del techo que seguía moviéndose en la oscuridad…
-No es un sitio de reunión adecuado, no cabe duda, pero no encontré otro mejor.
-Juan, qué te ha pasado.
-¿Por qué me has ignorado todo este tiempo?
-No te ignoraba, es solo que pensé…
-Qué…-corté con enfado.
-Pensé que hasta que no me borraras de tu cabeza no podía volver a hablar contigo, tú por tu lado, yo por el mío.
-Ahora estamos los dos en el mismo lado-musité, sin ocultar una sonrisa.
-No tenías que haber hecho esto.
-Ni tú haberme dejado tirado, como a un perro de pelea viejo.
-Cielo, lo siento.
-Ahora lo sientes.
-Sí.
-Te creo.
-¿Me crees?
-Sí. Te creo porque cuando pestañeas siento que el mundo se hace pequeño. Y a alguien con esa capacidad se la tiene que creer, como se cree en Dios, porque sí, porque la vida es así.
-Juan…-sus ojos empezaban a empañarse.
-Qué- contesté tajante, sin mostrar un ápice de sensibilidad.
-¿Qué quieres de mi?-rompió a llorar- Quiero decir, ¿por qué esto?
-Porque un día te dije que sin ti yo me muero, ¿te acuerdas?
-Si…
-Pues eso, y si voy a morirme, morirme porque tú no estás, antes quería recordarte que era por eso.
-No seas trágico, Juan, todo tiene arreglo, buscaremos ayuda, juntos, buscaremos ayuda, me han dicho que no has disparado, que no has matado a nadie, no te caerá mucho, ¿sabes?, y recibirás ayuda, y después estarás mejor, y podremos estar juntos.
-Lo único que va a pasar es que mañana serás nacionalmente conocida como la mujer del estanquero, o el apodo que la prensa del día me ponga- esbocé una sonrisa- ¿te gusta?, a mí sí, un crimen pasional, dirán, alguna de esas basuras que dicen los periódicos cuando se muere alguien por culpa del amor.
Me llevé la pistola a la boca. Coloqué el pulgar en el gatillo, giré el martillo, y la miré. La miré a los ojos, consciente de que ésa era la última vez que iba a verlos. Y me sentí feliz de que eso fuera lo último que viera.
-Juan, el amor no mata gente.
-Cuando se va siempre deja dos cadáveres. Hoy le toca al primero, ¿lo entiendes?
-Juan, no…dime qué puedo hacer- sus lágrimas caían como cataratas de sus ojos y le mojaban los labios. Estaba preciosa.
-Sí… puedes hacer algo. No dejes de mirarme con tus ojos, será lo más parecido a morirme en ellos.
Abrí la boca y metí el cañón entre los dientes, lo mordí con fuerza.
“Te falta valor” dijo la voz de mi padre en mi cabeza.
Y como si todos la hubieran oído, el escenario estalló: Oí el estruendo de los cristales rompiéndose, de los polis entrando corriendo, con sus gorras y sus mp5, y todo eso que llevan, gritándome cosas que no llegué a distinguir nunca.
“Paco, vaya, es que Paco no tiene ni idea de cómo funciona éste negocio. Lo quieres, lo coges, no lo quieres, lo dejas. Y si alguien se pone en tu camino lo liquidas, no hay más. Porque, a ver, qué quieres que te diga, esa basura que nos venden en la tele no es más que mentira, la tele no tiene ni idea tampoco, las cosas funcionan así, vivimos en la calle, y ahora nos las damos de gánsters, pero somos peligrosos, de eso no hay duda, y no debe de haberla, y si alguien lo duda, te lo cargas también. ¿sabes de lo que hablo?”
Yo creo que Agus exageraba, siempre exagera todo, no es para tanto. Somos un grupito de poca monta que se dedica a sacar el dinero sucio de la ciudad y nos lo quedamos, que si una extorsión, que si una paliza por encargo, que si alguna retención, que si un chantaje… así vivimos. No es que me guste, pero se vive con lujos, y la verdad, a veces hasta te lo pasas bien, y aunque la violencia no es lo mío, no se me da mal. Agus es el relaciones públicas del grupo, habla por los cinco y es quien nos consigue los principales trabajos, entre él y Fer realizan la actividad intelectual de los trabajos, que por lo general no es mucho, y luego nos repartimos las tareas entre todos para hacerlo de una manera coordinada; a Toño le toca la fuerza bruta del asunto, y cuando Toño no es suficiente, actúo yo, que soy la fuerza bruta de la fuerza bruta. Me gusta cuando trabajamos así, con todo pensado y con los riesgos reconocidos, pero sólo es con asuntos gordos, normalmente la planificación no nos lleva más de una cerveza en un bar y la ejecución con un momento la tenemos arreglada. Por lo general no trabajamos los cinco juntos, hacemos nuestros asuntos cada uno por su cuenta, y nos reunimos una o dos veces a la semana para hablarlo todo. Aquel día, cinco de Enero de 1982, Agus me había citado a mí solo para un trabajo que en principio solo sería para dos.
-¿Cuánto?- preguntó Agus.
-Ciento Cincuenta mil - contestó Paco, desde su butacón de piel roída, dándose esos aires de malo de película que tan bien le quedaban.
-Aceptamos- interceptó Agus mientras me miraba en busca de mi posible rechazo con la mirada.
El trabajo no era moco de pavo, teníamos que encontrar algo que nuestro fulano, Gonzalo Gutiérrez, quisiera ocultar a toda costa, para que su mujer pudiera utilizarlo en su contra en el divorcio y conseguir cuanto quisiera de él. Me daría pena de nuestro fulano, pero la información que teníamos de él no ayudaba. El señor Gutiérrez era un pez pequeño queriéndose abrir paso entre los gordos, era el dueño de una de las principales empresas de azulejos de España y tenía acciones en una revista que se dedicaba a vender las intimidades de los famosos para alimentar la furia carroñera de una serie de generaciones de mujeres que se aburren en sus casas o en las butacas de espera de las peluquerías. Su mujer tenía razones suficientes para creer que su marido le era infiel con varias mujeres y en varias ocasiones, parecía ser que estábamos ante un donjuán de poca monta que usaba su dinero para atraer a mosconas con ánimo de migajas.
-Creo que lo mejor es que le pongamos el cebo, que lo sigamos, y que en plena faena le saquemos unas fotos. La semana siguiente tú le harás alguna visitilla para chantajearlo, ¿bien?. He quedado a las 9 am con Isabella, aquella chica de Celia tan guapa, la del pelo de dos colores, ¿te acuerdas de ella?, se encargará de llevarlo al huerto.
Agus no me pregunta qué pienso del asunto, ya lo tiene todo planeado, tan sólo me informa de la determinación que ha tomado y de cuál es el plan. Si quiero puedo quejarme, pero al final siempre me convence de que lo que él había planeado al principio es lo mejor.
-Hola Isabella- Agus se había puesto sus mejores galas para convencer a la muchacha.
-Hola Agus… -La chica tenía la mirada asustadiza.
-Tenemos un trabajito para ti, por dos mil pesetas, ¿qué me dices?
-¿Qué tengo que hacer?
Agus le explicó el plan, era sencillo, la chica tenía que ir a un bar en el que el fulano solía parar los viernes a buscar alguna muchacha que beneficiarse, acercarse al empresario, que no tardaría en prestare toda la atención del mundo, y llevarlo ebrio de lujuria y deseo a la habitación de un hostal en el que Agus la había reservado una habitación especial. “Es especial porque comunica a través del balcón con la habitación de al lado, que es donde nosotros vamos a estar con nuestra maravillosa cámara de fotos, ¿lo entiendes?”
Isabella no se cortaba en disimular que aborrecía el trabajo, que aborrecía su vida. Toda ella. Pero aceptó las dos mil pesetas sin pensárselo dos veces, era mucho dinero para cualquiera.
-Tienes que gritar nena, ¿vale?, exagera mucho, para que nosotros te oigamos desde la habitación de al lado, será la señal de que ya estáis haciéndolo y nosotros podremos sacar las fotos ¿vale?
Isabella asintió con la cabeza vagamente, sabía de sobra lo que tenía que hacer.
-Agus… Tienes que sacarme de aquí, no aguanto más, llévame contigo, con tu banda, sé que puedo trabajar como vosotros.
-Lo pensaré nena, no nos vendría mal una mujer en el grupo- Contestó Agus. Estaba mintiendo, no iba a meter a una mujer con nosotros, ni siquiera metería a otro hombre, pero a esa chica, mucho menos. Era débil, delgada, esnifaba coca para desayunar, no nos convenía en absoluto, y Agus lo sabía. “Sólo trae problemas una chica así” nos decía cuando Fer se empeñaba en sacarla de la casa de Celia. Fer y ella tenían un rollo raro, se empezaron viendo por asuntos de negocios, él pagaba y ella trabajaba, pero se decía que ahora se veían para ir a fiestas, para ir al cine, para esas cosas que hacen las parejas. “Agus, tío, es que yo la quiero”. Pero a Agus le daba igual, o estás con nosotros o contra nosotros, no podemos compatibilizar una chica con la que trabajamos esporádicamente, con nuestra vida personal. “Sólo trae problemas una chica así”.
-II-
Ya había llegado el día, 24 de Enero de 1982. Agus se quedó en el coche, mientras yo vigilaba en el bar que todo saliera según lo previsto, ése era el plan.
-Estaré atento para cuando salgan con la cámara preparada. Tú siéntate allí por si las moscas, si algo se complica, saca a Isabella de allí fingiendo ser su chulo, y nos vamos cagando leches. ¿Entendido?
Entré en el bar unos minutos más tarde que Isabella para que no nos relacionaran nada más llegar y me senté en la barra con una cerveza sueca que sabía a rayos. Desde mi posición se podía observar el espectáculo entre los tortolitos, aparentando indiferencia. Isabella sabía exactamente cómo tenía que hacer, Agus la había aconsejado que tirara encima de Gonzalo Gutiérrez un poco de bebida en un alarde de torpeza y que dejara que él hiciera acople de su arte de seducción cuarentona. Pero no fue necesario, Isabella, aunque fuera una de las chicas de Celia, era toda una señorita, se quedó en la barra, enfrente de mí, y a tres o cuatro metros de donde estaba el empresario con sus amigotes presumiendo de influencias y mujeres, y esperó a que su Romeo se acercara por sus propios medios. En tan sólo diez minutos parecían una pareja de amigos con derecho a roce de toda la vida, Isabella reía sus chistes, que por lo que alcancé a oír no eran muy ingeniosos, y Gutiérrez aprovechaba para acariciarla en las rodillas, dos copas más hicieron falta para que Isabella le susurrara algo al oído; el hombre puso cara de emoción y apuró su bebida.
Dejé que salieran a la calle para darles tiempo a moverse unos metros hacia su coche y salí yo mismo caminando rápido hacia el nuestro. Agus tenía la cámara en su regazo sin la tapa del objetivo puesta, ya debía de haber hecho fotos de la parejita saliendo del local, y se había sentado en el asiento del copiloto, prefiere que conduzca yo, por si hay algún problema, sé mover el coche mejor que él. Seguimos al Mercedes 300-D del empresario durante quince minutos hasta que por fin aparcó en las inmediaciones del hostal. Esperamos diez minutos más en el coche sin mediar una palabra entre nosotros. Agus sabe que a mí no me gusta hablar, soy de actuar, así que cuando está conmigo se limita a darme órdenes y yo a hacer lo que me dice. Nos respetamos, y a nuestro modo, nos ayudamos.
-Vamos- dijo, al tiempo que se colgaba la cámara al cuello- ya llevamos esperando lo suficiente.
La habitación era pequeña, Agus dijo que era simétrica a la de al lado, en la que estaban Gutiérrez e Isabella, había un escritorio debajo de la ventana y en medio de la estancia una cama de matrimonio con colchas con detalles árabes. Era una habitación tan sencilla como barata, ideal para lo que íbamos a llevar a cabo.
-Ahora sólo tenemos que esperar a que oigamos los gritos de Isabella.
-III-
Allí estábamos los dos, en la habitación de al lado, esperando los gritos de Isabella simulando placer como dos lobos agazapados entre la vegetación ansiosos porque nuestra liebre se acerque un poco para incarle el diente. Agus se había sentado a horcajadas en una de las sillas del escritorio con la cámara colgando de su cuello y la balanceaba al unísono con su cuerpo. Yo me había acomodado en una de las esquinas de la cama de espaldas a él.
-¿Cuánto llevas en esto?- preguntó Agus, en voz baja, para no levantar sospechas al otro lado de la pared.
Me sorprendió que me hablara precisamente allí, que se supone que teníamos que hacer el mínimo ruido posible, y más aún que lo hiciera para preguntarme algo personal. Pero contesté igual.
-Desde que entré en la cárcel.
-Entiendo…
-¿Tú?- pregunté, a modo de réplica.
-Creo que desde que nací, no he conocido otra vida.
-Ajá.
-Paco me ha dicho que tú eras un buen tipo, es decir, uno de esos que estudiaban su carrera, que buscaban un buen trabajo, una buena mujer, un ciudadano modelo sin siquiera una multa de tráfico.
-Sí, hubo un tiempo en que yo era así- comenté.
-¿Qué te hizo cambiar?
-Mi mujer.
-Sigue, te estoy escuchando.
-Lo tenía todo para ser feliz, pero ella, se dio cuenta, y quiso joderme. Se lió con otro hombre, uno que trabajaba en un restaurante de estos italianos que se pusieron de moda. Se veían a menudo, yo lo sabía, pero no quería verlo. Hasta que un día…
-Los viste.
-Si, los vi. Estaba pasando unos días en la casa de mis abuelos, que nos la habían dejado en herencia, me la llevé conmigo, para alejarla de aquel hombre, y quizás, volver a enamorarla… Era una de esas viejas casas de campo, con su cuadra y con su piara, y todo eso. Llegué de comprar unas herramientas para arreglar la barandilla del porche, a mi mujer la dije que iba a tener que comer fuera por asuntos de negocios, lo hice adrede, para obligarla a estar sola toda la mañana y parte de la tarde. Llegué a las doce del mediodía sorpresivamente, y los vi, en la antigua cama de mis abuelos.
-¿Qué hiciste?
-Llegué a casa silenciosamente, para no alertarles, y oí los gemidos y el chirriar de los muelles desde el jardín, así que cogí el hacha de cortar la leña que mi abuelo solía guardar en la cuadra y entré en el dormitorio.Primero lo maté a él mientras mi esposa intentaba impedirlo arañándome la espalda y mordiéndome, pero yo era incapaz de sentir dolor, sólo tenía odio e ira incontenible. Luego intenté matarla a ella, pero no pude. Me puse a llorar en una esquina de la habitación como una niña.
-Fue ella quién te delató, ¿verdad?.
-Sí. Fue ella.
-Paco dijo algo de unos cerdos.
-Sí. Mi mujer huyó y me dejó sólo, allí… con los trozos de carne esparcidos por la habitación, los recogí en un saco de esparto y lo lancé a la piara. Quería eliminar todo rastro de aquel italiano.
-Paco dice que eres el mejor.
-En lo mío, es posible.
-Pero yo creo que no lo eres. Creo que si fueras el mejor habrías matado a tu esposa también. Estabas a cincuenta kilómetros de tu ciudad, en un caserón aislado, sólo con tu mujer, cometiste un asesinato, y no supiste salir indemne. No nos convienen los matones de metro noventa con buen corazón, ¿me entiendes?
-Sí.
-No quiero fallos.
-Sí.
Luego se volvió a hacer el silencio durante unos minutos, no sabría determinar con facilidad cuántos, pero a mi me parecieron una eternidad después de la muestra de dureza férrea de Agus. Quería que todo saliera bien, no había duda sobre ello.
-IV-
-Algo no va bien- dijo Agus levantándose repentinamente de su silla.
-¿El qué?
-Escucha gigantón…chsst…Oigo golpes, ya están jodiendo, pero Isabella no ha gritado como la dije que hiciera.
Agus tenía razón, se oía el martillear del cabecero contra la pared, pero no había ningún sonido procedente de una garganta. Salimos por la ventana como estaba planeado y llegamos a la ventana de la habitación colindante, agachados, de manera que solo asomaban nuestras cabezas. Y observamos.
Isabella estaba atada por las manos al cabecero con dos corbatas y tenía al señor Gutiérrez moviéndose encima como una masa ingente de grasa. El hombre miraba al techo mientras la penetraba con violencia y sin ningún tipo de consideración. Isabella tenía una tercera corbata de color púrpura enrollada dentro de la boca, de las comisuras de sus labios se veían los surcos de saliva mezclada con sangre que llegaban hasta la almohada y la teñían.
-Agus, la está violando-Aprecié con preocupación- Hay que hacer algo.
-Claro que hay que hacerlo, vamos a sacar las fotos, me da igual que la esté violando o le esté declarando su amor eterno, cómo viva cada uno el sexo en sus vidas no es cosa nuestra, hacemos las fotos y nos vamos, ya tenemos lo que queremos.
Se sacó la cámara del cuello y comenzó a hacer fotos, sacó como media docena, y luego comenzó a retroceder hacia nuestra habitación a cuatro patas.
-Nos largamos grandullón, vamos- me susurró desde nuestra ventana.
-No- Atajé- De eso nada, no voy a dejar a esa chica ahí- Volví a mirar por la ventana, Isabella nos había visto, me miraba fijamente con los ojos vidriosos. Su mirada me estaba taladrando, me estaba pidiendo a gritos que hiciera algo.
-No seas idiota. Vámonos ahora mismo. Ven, ¡rápido!
A través de la ventana cerrada podía oír los gritos ahogados por la corbata.
“No”
Me incorporé y la anchura de mis espaldas hicieron la noche en la habitación al impedir que pasara la luz del sol a través de la ventana.
“No”
Gonzalo Gutiérrez dejó de moverse y me miraba por debajo de la capa de sudor que recubría su cara, con expresión de consternación.
“No”
Atravesé aquella ventana con mis propias manos, no sentía los cortes de los cristales en mi cuello al pasar al interior de la estancia.
-¡Pero qué coño! ¿quién eres tú?
Agarré al señor Gutiérrez por el cuello con mi mano derecha y lo separé del cuerpo inerte de Isabella, levanté su silueta grasienta veinte centímetros por encima del suelo, pesaba bastante, y le miré fijamente a los ojos. Mi mano le cortaba la respiración y la circulación, se estaba poniendo rosa y los ojos se le empezaban a salir de las órbitas. Quería matarlo allí mismo, así como estaba haciendo, aguantarlo suspendido en el aire hasta que sus pies dejaran de darme patadas en los muslos y sentir como su vida se agotaba delante de mi, me daba igual Agus, Paco, me daban igual la mujer del señor Gutiérrez y sus cuatro hijos, me daba igual todo. Pero un balbuceo de entre sus labios, espirando el poco aire que le debía de quedar en los pulmones, salpicó un par de gotas de sudor de su bigote que me dieron en el mentón, despertándome de mi fantasía. No podía hacer eso delante de Isabella, sería demasiado traumático. Así que lo lancé con todas mis fuerzas a través de la ventana rota, como si lanzara un peso en las Olimpiadas , lo vi caer impulsado por encima de la barandilla del balcón y respiré tranquilo. El empresario no gritó ni siquiera, no tenía aire en el cuerpo como para hacerlo. Intenté relajarme, espiré con fuerza y me senté en la esquina de la cama donde Isabella apenas entreabría los ojos mientras escuchaba los gritos de Agus en la habitación de al lado.
-Ayer me acosté a las 4 a.m Carolina, tenía mucho trabajo- la repliqué.
-Lo sé, pero tienes que ir al trabajo, ya sabes como es Martín con la puntualidad.
Y que lo digas Carolina, ese Martín es el típico jefe capullo de las películas americanas, a lo señor Burns, pero con 40 años, todos los días pidiéndome cosas, que si haz éste informe, que si rellena estos formularios, que si traéme un café, con dos de azúcar. Sólo le falta pedirme que complazca a su señora.
-Voy- dije, y me levanté de la cama mientras me restregaba los ojos y las uñas de Carolina luchaban en mi espalda por ponerme la carne de gallina. Voy a desayunar descalzo a la cocina. “cálzate, te vas a poner malo”, me dice Carolina, siempre me dice lo que tengo que hacer, pero ella lo hace por mi bien; la quiero, es perfecta. Voy a decírselo, qué leches.
-Te quiero nena- susurré mirándola fijamente la espalda semidesnuda, mientras tanto sonaba Corazón, de Carlos Chaouen, en el reproductor.
Ella me mira desde el microondas donde está calentando mi taza de leche y me tira un beso. ¿Ves? A eso me refiero, es perfecta.
“Todavía no podemos confirmar nada, pero tampoco descartarlo, parece ser que las autoridades no están en broma” La música ha parado en el reproductor y se ha enchufado automáticamente la radio, como cuando vas en el coche y cortan los de la Dirección General de Tráfico para notificarte el estado de las carreteras. Pero aquí no estaban avisando de un accidente, o de un atasco.
-Ponlo más alto Fonso, porfa.
“Vamos a contactar con María Estébanez, que está en París desde donde han avisado del asunto. ¿María?, ¿nos oyes?...zzzz…
-Sí, compañeros, veamos, según dicen las autoridades parisinas, un meteorito, repito, un meteorito, se acerca a una velocidad muy elevada, pero no hay de qué preocuparse ya que el tamaño no es lo suficientemente grande como para producir desperfectos importantes, tienen prevista una zona de impacto que van a evacuar, pero no va a haber mayores problemas puesto que la atmósfera terrestre va a desintegrar gran parte y tan solo habrá que lamentar daños materiales.
-Vaya, ¿has visto? ¿será verdad?
-No sé Carolina, sea verdad o mentira a nosotros nos da igual, es cosa de los franceses parece ser. Dame un beso, me voy a trabajar.
Cerré la puerta de casa, con sus tres vueltas, no sé porqué, pero me siento más agusto si dejo los tres pestillos puestos, aunque sé que ella puede abrirlos cuando quiera. Cerré la puerta, como digo, y me dejé caer en mi pequeño coche de proletario. De camino a la oficina me encontré un revuelo impresionante, un atasco en la calle principal como nunca en mi vida había visto, ni siquiera cuando estaban de obras para peatonizar las calles colindantes. El coche se movía un centímetro cada minuto, era absolutamente desesperante; los cláxones no paraban de sonar, como una orquesta desarmonizada. Piiii, piiii, yo también pitaba. Llegó un momento que yo creo que toda la calle estaba pitando.
La radio de mi coche se encendió sola, y comencé a oír interferencias. Le di al off, pero volvió a encenderse, ésta vez con el presidente del Gobierno al habla.
“Buenos días España…zzz…Acabo de contactar con las autoridades pertinentes y no me queda más remedio que confirmar el desastre…zzz…Un meteorito de dimensiones mayores a las vaticinadas va a impactar en las inmediaciones deParís…zzz… Estamos hablando de un meteorito que alcanzará la superficie terrestre con un diámetro medio de 1100 metros, la zona está siendo evacuada, pero aquí en España no tenemos porqué preocuparnos, tan sólo trataremos de ofrecer y enviar a nuestros vecinos nuestra más entregada colaboración…zzz…”
-¿Menudo jaleo verdad, amigo? ¡La gente se ha vuelto loca y se ha puesto a comprar provisiones, como en las películas!- Era un hombre en un coche gris paralelo al mío en el atasco que me hablaba a gritos por encima de los cláxones.
-Sí, ¡pero dicen que no hay porqué preocuparse!, lo único que quiero es llegar a la oficina, que mi jefe me va a matar.
-¡Suerte compañero!
-Lo mismo le digo-añadí, mientras cerraba la ventanilla para poder mover el coche unos metros más.
Con hora y media de retraso llegué a la oficina, no había sido el único con problemas para llegar, tan sólo había la mitad de la plantilla habitual. Vi a Martín en su despacho, removiendo papeles y entré a disculpar mi retraso. Fue comprensivo “no pasa nada Alfonso, es normal, la ciudad está intransitable”. Posé mi anatomía en la silla para disponerme a administrar hojas y clasificarlas, como cada día. Mi trabajo es de los más aburridos que alguien se pueda echar a la cara, es en una compañía aseguradora y paso la jornada redactando informes de accidentes laborales, firmando otros ya redactados, revisando las quejas de clientes, y sellando y sellando y sellando hojas y hojas y hojas. Llevaba casi dos horas peleándome cuando la secretaria me avisó de una llamada.
“Alfonso, su mujer, por la línea 3”; “Gracias”
-Hola cariño, se agradece la llamada.
-Hola Fonso, escucha- sonaba nerviosa.
-Dime.
-Ven rápido para casa, algo gordo está a punto de pasar, creo que tiene que ver con lo de los franceses.
-Cielo, estoy trabajando, ahora no puedo marchar, dime qué pasa.
-¡No lo sé! Mierda, no lo sé, pero nos están mintiendo, asómate a la ventana.
-Si…-me acerqué a la ventana más próxima y observé, la calle estaba mucho mas oscura, como a última hora de la tarde, cuando empiezan a encenderse las farolas, pero eran las 11 a.m.
-¿Lo estás viendo?
-¿Qué está todo oscuro?
-Sí. Es el meteorito del que están hablando.
-Carolina, tienes que tranquilizarte, es posible que lo único que esté pasando es que ahora se encuentre encima nuestro cruzando el cielo y haga sombra, dicen que es pequeño.
-No, Fonso, llevamos así casi una hora, y cada minuto que pasa se ve menos el sol.
-Está bien, espérame en casa, voy a ir caminando, el tráfico está endemoniado.
-No, ven corriendo.
Reconozco que estaba asustado yo también cuando colgué.
Abrí apresuradamente la puerta del despacho de mi jefe para decirle que me largaba.
-Martín, mi mujer tiene un problema con su embarazo, no se encuentra bien, me voy a ir a casa a atenderla.
-¿No será un farol, verdad?
-No señor, le juro que…-la radio de la oficina se activó. En ésta ocasión era la voz del rey.
“Españoles…zzz…Lamento comunicarles esto, pero los datos con los que contábamos no eran ni siquiera próximos a la realidad, el meteorito que se dirige a Francia tiene un diámetro de 570 kilómetros de media, lo cual quiere decir que habrá partes de nuestra nación que recibirán directamente el impacto. Lo siento”. La radio volvió a ser silencio, y mi jefe y yo nos mirábamos como si acabáramos de saber que ahora éramos los dos peones en el tablero.
-Mierda, Domínguez, ¿ha oído eso?
-Sí, joder, 570 kilómetros. Dice que caerá en España también.
-Mierda, mierda, y se ha ido el cabrón del rey, sin más, eso es que hasta él está acojonado. Pero eso hará una onda expansiva de la de Dios, ¿no?
-Yo que sé, no he visto nunca a un meteorito caer.
-No me deje aquí Domínguez, ¿Dónde va?
Salí corriendo de la oficina, todo lo que mis piernas daban de sí, en dirección a casa. “Carolina, espérame, espérame”. En la calle todo era caos, el aviso del rey había desatado la histeria colectiva, tenía que correr esquivando escaparates de tiendas que reventaban a mi alrededor, había gente en el suelo llorando, los perros ladraban, la gente corría, las ancianas se caían al suelo desesperadas por no tener unas piernas más fuertes, vi a un joven golpeando en la cara a otro con una silla, los coches se abrían paso por las aceras atropellando lo que pillaban a su paso, todos se habían vuelto locos. “Carolina, espérame, espérame”. Estaba todo oscuro, era de noche, pero no había luces en la calle, toda la iluminación con la que contábamos eran las luces de emergencia de algunos portales y los focos de los coches, amontonados unos sobre otros como cadáveres. “Espérame, espérame”. Pensé que era un mal día para que el mundo se fuera a la mierda, no sé, me hubiera gustado haber hecho otras cosas que nunca me atreví a hacer, como montarme en “La lanzadera” del parque de atracciones, o qué narices, ver a mi hijo escupir el potito. Pero eso ahora daba igual, yo no paraba de correr, aunque me estaban ardiendo las plantas de los pies y mis rodillas comenzaban a resentirse, seguí corriendo, seguí corriendo. “Carolina, espérame” No paraba de repetirlo en mi mente, quería mandarle un mensaje telepático que la incitara a quedarse en casa pasara lo que pasase.
De pronto, una luz cegadora iluminó toda la calle rompiendo la profunda oscuridad que estábamos sufriendo, toda la ciudad se iluminó, todo el cielo, una luz blanca intensa. Me caí al suelo tapándome los ojos, oía a la gente gritar a mi alrededor, a niños también, era horrible. Poco a poco abrí mis ojos, acostumbrándolos a la claridad, pero ya no había claridad, las calles estaban teñidas de un brillo naranja. Una mujer a mi lado me agarró la chaqueta.
-Mira… Dijo señalando al cielo con unos ojos también teñidos de la luz naranja que nos rodeaba.
Levanté mi mirada al cielo, por llamarlo de alguna manera, no había cielo, solo fuego, fuego. Todo el cielo era una superficie sólida en llamas. El meteorito había cubierto todo, todo el horizonte, y al entrar en la atmósfera había entrado en llamas de una manera tan abrumadora que lo que vimos fue una luz cegadora blanca que inundaba todo, ahora lo que veíamos era el meteorito en llamas aproximándose. Era como ver al cielo aproximarse, incendiario, dispuesto aplastarnos. Me acordé de las cerillas, que cuando las raspas con la lija de la cajita hay una primera explosión blanca que desaparece para dar lugar a la cabecita de madera con su pequeña llama oscilante. Había sido lo mismo, pero a lo bestia.
Tin tin.
SMS nuevo. Saqué el móvil de mi bolsillo, pensaba que me lo había dejado en la oficina con las prisas. La pantallita verde quedaba graciosa con el mundo naranja fuego. “buzón de entrada”…”abriendo…” Venga, ábrete ya.
“Te quiero” Desde “Carolina”.
Me reí de todo, de mí, de ella en su cama escribiendo su mensaje llorando porque sabe que no voy a llegar a casa a tiempo, del mundo, que se iba a la mierda, del fin del mundo, que era igual que encender una cerilla.
-A ver quién va mañana a comprar el Cuore. ¿verdad?- me dijo la señora que se había agarrado a mi chaqueta.
Me senté en el suelo, a esperar que el mundo reventara. Cerré los ojos, y escuché.
Escuché el chisporrotear abrumador del meteorito, sobre nuestras cabezas, era un sonido lejano, pero potente. Escuché los gemidos de la mujer agarrada a mi chaqueta, los gritos de la gente habían cesado, se habían dado cuenta de que gritar no sirve de nada, hoy tampoco.
Hasta el 15 de Enero del año 1998 yo nunca había sentido a un hueso partirse entre mis manos. Es una sensación brutal, un éxtasis de violencia. El coronel San Cruz siempre lo había dicho “no hablo de reventar un cráneo, ni de pegarle un puñetazo que le saque los dientes a un peruano oa un venezolano, no, no. Estoy hablando de coger entre tus dos manos un fémur, hacer palanca sobre tu rodilla y sentir como se parte en miles de astillas en las yemas de tus dedos. Cuando lo probéis sentiréis lo que es de verdad el placer”
Aquel día el coronel nos había encomendado que asaltáramos la casa de Álvaro González, un terrateniente asentado al sur Sogamoso, en Boyaca; se trataba de una pequeña mansión en la que durante las próximas dos semanas estaría el señor González con su mujer, uno de sus tres hijos y, según se señalaba en los documentos que se nos facilitó, personal de servicio, no más de dos o tres personas, decidimos operar aquel día concretamente porque sabíamos que el jardinero descansaba, y teníamos una cosa menos de la que preocuparnos.
Sólo éramos tres, el Español, que llamábamos así porque decía haber vivido veinticuatro años entre Madrid y Cáceres, y Juanito. Juanito sólo tenía 14 años pero sabía moverse, el coronel decía que tenía que aprender, así que lo destinó con nosotros, que teníamos fama de ser implacables e infalibles. Nuestra misión era de las que al Español más le gustaban, no teníamos que trazar un plan perfecto, no teníamos que pararnos a pensar los posibles pros y contras de nuestro asalto, tampoco teníamos que conseguir dinero, ni documentos, nada. Nuestra misión era sencilla: entrar y pasarlo bien. Con la muerte de Álvaro González y de su familia se haría presión sobre el resto de gente adinerada de la región que no dudarían en ofrecernos voluntariamente su colaboración para el cultivo, Álvaro le había echado agallas, nos había dicho que no, y la negativa comenzaba a recibir el respaldo de media Bocaya. Esto sería un escarmiento, y para nosotros tres… un recreo.
Seguimos el procedimiento habitual, esperamos a que cayera la noche y los habitantes se fueran a la cama, Juanito desactivó la alarma cortando la luz en toda la edificación y entramos tranquilamente por las ventanas. Las luces de la finca no fueron desactivadas para no despertar las sospechas de los inquilinos, acostumbrados a dormir bajo el brillo residual que se filtraba a través de las cortinas, y para nosotros tener la iluminación suficiente para poder movernos. El Español iba solo, por la ventana que daba a la cocina, él se encargaría del personal de servicio de manera rápida, y Juanito y yo por la ventana del salón de la planta inferior. Subimos los escalones alfombrados con cuidado de no hacer ruido y entramos en la estancia del hijo de la familia, “tendrá 9 años la criatura” pensé, mientras le veía dormir. Me colgué la IMI negev de 5.56 mm a la espalda para poder sujetar entre mis brazos al niño, que se movía ligeramente incomodado en sus sueños y partimos de camino a la habitación de sus padres. Allí estaba El Español limpiando la sierra de su cuchillo en la cortina de la estancia, todo había salido bien, y allí estábamos los tres, con nuestras tres víctimas principales.
-¡Que comience el espectáculo! -Gritó El Español al tiempo que disparaba con la Colt XSE tres balas al techo.
El matrimonio se despertó bruscamente y se sentó en sus camas, pero no se atrevieron a mover un solo pelo, permanecían inmóviles en sus sábanas mirándonos asustados. La madre miraba fijamente a su hijo, aún en mis brazos. Entendí el mensaje y arrojé al niño con violencia sobre ella para rápidamente empuñar mi IMI negev contra ellos.
-Buenos días señor González- dije.
-Buenos días.
-¿sabe quienes somos?
-De las FARC, supongo…
-Hombre listo. ¿Y sabe por qué estamos aquí?
-No lo sé, llévense lo que quieran, pero por favor, no nos hagan daño… por favor.
Entonces tomó la palabra El Español y con esa soltura que le caracteriza se sentó al lado de la mujer guardando su pistola en la funda.
-Vamos vamos, preciosa, nosotros no hemos venido a hacerla daño, ¿verdad que no Juanito?
-No- Juanito no sabía bien qué estaba ocurriendo, sabía que teníamos que matarlos, pero no entendía esta charla antes de hacerlo.
-Claro que no preciosa, nosotros no vamos a hacerla nada. Chico, ¿cómo te llamas?
-Huguito señor- contestó el hijo entre los brazos de su madre.
-Hola Huguito, encantado de conocerte, ven conmigo un momentito.
-¡NO!- exclamó la madre apretándolo más fuerte contra su pecho. Tenía unas tetas enormes.
-No haga esto difícil- contestó El Español en un tono que distaba mucho del amistoso que estaba usando con el niño.
L a mujer entendió el brillo en los ojos de El Español y soltó a Huguito.
-Verás Huguito, vas a sujetarme esto un momento ¿de acuerdo?- desenfundó de nuevo su Colt, que todavía debía de oler a ceniza y se la depositó en las manos al niño. Automáticamente Juanito se colocó detrás de Huguito para vigilar que no echara a correr tras presenciar lo que estaba apunto de ocurrir.- ¡Muy bien Huguito! Vamos a ver, venga aquí Señora González, levántese de la cama, no tenga miedo, eeeeeeso es.
La mujer llevaba un pijama de rayas azules y blancas y tenía unos pies tremendamente feos y oscuros. Me coloqué frente a ella y me miraba fijamente a los ojos, unos ojos que parecían rogarme que desapareciera.
El Español le puso el seguro a su ametralladora y le propinó un fuerte golpe en las rodillas para que cayera al suelo. Su marido se revolvió en la cama, pero no hizo ninguna tontería. Por si acaso, le apunté con mi arma y así permanecí mientras el show continuaba.
-Huguito, ven aquí- dijo amistosamente mi compañero.
El niño estaba muy asustado, sujetaba la Colt son sus dos manos; Juanito le dio un leve empujón para que se acercara.
-Ahora vas a apuntar a la cabeza de tu mamá. Así- Cogió entre sus manos las del niño y las colocó de la manera perfecta para que pudiera disparar.
-Cuando quieras- susurré yo.
El niño tenía los ojos empañados y unas lágrimas habían abierto surco en sus frondosos papos. Observaba a su madre en el suelo susurrando algún rezo.
-No quiero hacerlo señor.
-Verás- Dijo Juanito, sino lo haces, yo te dispararé a ti. ¿qué prefieres?
-¡Adelante!- Grité. Hazlo de una vez, ¡no tenemos todo el día!
El español odiaba éstas indecisiones, sacó mi Colt de su funda y apunto a la frente a Huguito.
-Hazlo Huguito. No seas idiota.
El disparo sonó ahogado, había acertado de pleno en la cabeza de su madre que había explotado como una piñata salpicando toda la estancia. Huguito temblaba, Álvaro González, desde su cama, apuntado por mi fusil, temblaba. Juanito, temblaba. El mundo a nuestro alrededor temblaba, pero yo me sentía bien, me encantaba eso, cuando el mundo temblaba a mi alrededor después de un disparo.
Automáticamente Juanito, disparó a Huguito en la nuca, que cayó inerte sobre el cuerpo semidecapitado de su madre. El señor González gritaba desesperadamente.
-Bien señor González, ahora solo quedamos usted, y yo. – Le dije al cabeza de familia dejando mi fusil en el suelo- Pero antes de que juguemos, me gustaría saber porqué se ha negado a colaborar con nuestros jefes.
-No me he negado señor- contestó sollozando.
-Está bien, como nos dijeron, es usted un mentiroso- ¿Le ha gustado nuestro trabajo?- El hombre tenía el labio inferior temblando. Me encanta eso.- Levántese, ahora.
Cogí una de las sillas que había junto a la ventana y le arranqué una pata ayudándome con el pie. Me fijé en la mancha de sangre de la cortina que había dejado El Español al limpiar su cuchillo tras la visita a la habitación del personal de servicio. Ese hombre era bueno, de ello no cabe la menor duda.
Comencé a golpear el cuerpo del señor González sin mediar una sola palabra, primero le asesté golpes en los brazos para que se tirara al suelo, una vez allí sujeté uno de sus brazos pisándolo y le golpeé las costillas con ferocidad, era maravilloso ver como la sangre teñía su pijama a rayas y como después de unos golpes ya no grita, porque no puede hacerlo. Me gusta atacar allí, porque no quiero que mis juguetes griten, así se quedan mudos el resto de la fiesta.
Acabé fatigado, el hombre estaba plenamente consciente, pero abatido e inmóvil.
-¿Cómo se encuentra? Dijo El Español entre risas.
El señor emitió un leve sonido, un gruñido, no debía de poder articular palabra.
Entonces hice lo que el Coronel San Cruz me dijo que era el éxtasis de una fiesta como aquella. Partir un hueso entre mis manos. Haciendo fuerza exclusivamente es prácticamente imposible a no ser que tengas la fuerza de un gorila. “la clave consiste en asestar un golpe con algo que no rompa el hueso, pero tampoco lo deje indemne. Tienes que darle con la fuerza suficiente como para provocar una fisurilla. Es como si a una gominola le clavas un alfiler, si luego tiras por sus extremos, la gominola se partirá precisamente por donde hayas clavado el alfiler, sin hacer ni la mitad de esfuerzo que tendrías que hacer sino hubieras creado esa pequeña fisura”
Levanté su rodilla para que mantuviera la pierna flexionada y golpeé su tibia con la pata de la silla, dos veces. Luego pasé mis dedos por donde había golpeado y a través de la tela del pijama podía notar un pequeño hundimiento en el hueso. El señor González se estremeció en su silencio. Lo había conseguido. Coloqué su tibia con suavidad sobre mi rodilla y sujeté la pierna con mis manos alrededor del astillamiento, y tiré haciendo palanca, primero con suavidad, luego con más fuerza. Notaba como el hueso se doblaba entre mis manos, todos en esa estancia escuchábamos el sonido de cristal rompiéndose ahogado por la carne que lo recubre. El crujido, según se movían mis manos era más y más sonoro hasta que la sangre brotó empapando el pantalón del pijama.
-Dios…-susurró Juanito.
El Español no paraba de reírse a carcajadas- ¡Que Juanito, ¿impresionado?!
Yo tenía los ojos cerrados, sintiendo las palpitaciones de aquella pierna entre mis dedos y escuchando al señor González gimiendo ya sin desesperación siquiera.
-¿Cómo fue?- me preguntaba El Español, cosa, que he de reconocer, me molestó, puesto que cortó aquel éxtasis de violencia que estaba viviendo.
-Bien… -susurré- Bien…
Me levanté del suelo recogiendo mi arma, y le hice un gesto a Juanito para que rematara la faena con su cuchillo.
Hemos estado al filo de la moneda que rifaba la cara y la cruz de la vergüenza, visitando los nidos de nuestros sentimientos y presumiendo de zapatos nuevos.
Pisamos a las hormigas sin siquiera darnos cuenta,
sentimos galopadas de corazones enredados en el pelo
y vimos a las noches suicidarse en un rincón
con un chute de cosquillas entre los labios.
Cayeron en depresión profunda
las sonrisas dilatadas de nuestros buenos días,
y los caminos rumbo al vapor de tu aliento
se convirtieron en simples garabatos
con un dedo entre las nubes.
Vimos al hombre arrepentirse del precio que se colgó,
a la pintura de camuflaje derretirse en los mofletes de un niño,
Debilucho, así como con la garganta atascada por una bola de su pelo del tamaño de un melocotón como con un nudo en la arteria aorta, como un loco sin lapicero con el que profetizar el fin de sus mundos.
Me siento débil cuando pienso en ti ¿Y eso por qué? No sé. ¿Te sientes débil porque sabes que me quieres mucho?
Sí, como cuando sabes que la quieres mucho, Pero no un mucho de mucha cantidad, cuando digo mucho quiero decir siempre, eterno, elevado a mil cubos quiero decir que me cago en la leche que menudo culo que tiene, que se me cierran las pupilas y soy solo iris, que podría dar la vuelta al mundo en su cadera Y regresar al cielo de su boca. Me gustaría encogerme así, así, así. como hacen esos insectos bola cuando les tocas con un dedo, y anclarme entre los pliegues de su paladar para nunca dejar de oír su voz. Y que su lengua me acaricie la espalda en cada ele, Ele de lobo, de miel, de lacasito, de caramelo hall. Y que nos detengan los antidisturbios
por los orgasmos acelerados,
y que se me caigan las pestañas si no te veo,
y que nos inventemos las desgracias
y se cabreen las camareras guapas.
Porque sí, porque te quiero, así, por tus besos con sabor a cerveza, por tus siempre tengo razón, porque eres el único átomo del universo que puede tenerme la noche en vela, pataleando en la cama y soñando que te tengo.
Son las 18.p.m, del 24 de Enero del año 2007. Me ha vuelto a tocar habitaciones, Javi dice que es el trabajo más difícil y que a mi se me da bien, así que me pide que yo haga las habitaciones. Miro en la libreta-archivador que cada día que vamos allí rellenan las enfermeras con las fichas de los niños. Hacen una lista con el nombre y apellidos, edad, nacionalidad, número de habitación, motivo de ingreso y una notita de si pueden o no pueden ir a la sala de juegos. Los que no puedan, se quedan en sus camas mientras los demás están en la sala con otros payasos. A mi me toca habitualmente visitar las habitaciones una a una con mi compañero, con José, atendiendo a esos niños.
Hoy hay más críos de los que podemos atender, así que tenemos que trabajar por separado, no me gusta hacerlo porque me siento indefenso cuando estoy con los niños, y con los padres mirándome atentamente controlando cada movimiento, pero no queda otro remedio.
Miro en la ficha antes de picar a la puerta. “Alex González, 7 años, español, habitación 530”
Toc, Toc.
Me abre una señora de treinta y tantos, con unos ojos azules preciosos enterrados en unas cuencas moradas por las ojeras. Es la madre, no hay duda. Sólo las madres lucen esa expresión que no sabría describir, como si no fueran plenamente conscientes de lo que está sucediendo.
“Mira quién ha venido a verte”- dice elevando la voz, anunciando mi llegada.
Me acerco a la cama azulada con mi peluca verde y encajando la nariz postiza perfectamente redonda y roja, y Alex se aleja reptando entre las sábanas con unos ojos abiertos como platos apunto de romperse, me mira como si me culpara de su leucemia y solo quisiera que desapareciera cuando pestañeara.
-¡No tengas miedoooo!-le digo, caricaturando mis expresiones- Soy el doctor Tubby, pero eyeyeyeyeyyyyy, no soy un médico normal, yo estoy aquí para que nos divirtamos un rato, ¿¿¿¿quieres, quieres, quieres, quieres, quiereeees????
Veo la diminuta cabeza desnuda del niño darse la vuelta en busca de su madre. Ella le sonríe desde la puerta y le anima a que no tenga miedo.
Deposito el juego de mesa portátil que suelo llevar conmigo para ésas situaciones a los pies de la cama y le voy ayudando a colocar las fichas. “¿Sabes jugar?”, Alex asiente sin mirarme y comienza a colocar las fichas en sus puestos, le tiemblan los dedos y algunas se le caen del tablero, así que le ayudo a situar cada pieza y observo la sucesión de expresiones que va dejando caer de su cara.
-Alex, ¿Qué piensas?
-Nada, es sólo que pensaba que los payasos eran más bajitos, y gordos.
-¡Anda!, yo antes era así, pero me puse a dieta y mira que tipín más bonito me quedó. ¿Nunca habías visto uno?
-No, solo en la televisión. ¿Cómo sabías mi nombre?
-Ay, me lo ha dicho un pajarito- Le sonrío por debajo de la crema nívea y del maquillaje blanco que recubre mi boca, pero él no, ni siquiera levantó la vista para hablarme.
Cinco minutos después Alex me había ganado las tres partidas que jugamos, y sólo me dejé en la primera. El tiempo se había terminado y ahora me tocaba despedirme para ir a otra habitación.
-Te has dejado.
-¿Qué?, nonono, no y no, yo creo que no, nonononono y nono y no.
Alex suelta una risita “nonono” repite, sacudiendo la cabeza.
Recojo el juego mientras hago bromas sin sentido, y simulo que se me caen las piezas exagerando mi torpeza al tiempo que el niño intenta ayudarme entre carcajadas.
-Bueno Alex, me voy a tener que ir- comento mientras me alejo de su cama caminando hacia atrás- Tengo que irme con celeridad, porque sino por regla general comienzan a resistirse a que me marche y es peor.
-¿Cuándo vas a volver?
-El Jueves sin falta.
-¿Mañana no?
-Creo que no, ¡pero el Jueves aquí como un clavo!-digo dando un saltito, urgo en el bolsillo de mi bata en busca de una pelota de goma rosa. La cojo, hago un pequeño truco de prestidigitación con ella y se la lanzo a Alex desde la puerta para que la coja al vuelo mientras todavía tiene la boca abierta por la ilusión óptica.
-¡¡Gracias!!
Ya afuera, en el pasillo, la madre se acerca a mi con sus ojos preciosos y me da las gracias. “No hay que darlas”,la replico.
-¿Cuánto cobráis?
Después de una temporada viniendo aquí, uno se acostumbra a ésa pregunta, ya ni siquiera me ofende, es normal que piensen eso, supongo, y más aún en una sociedad como en la que vivimos donde nada es gratis, solo falta por comercializar el aire. Suspiro mientras abro la libreta-archivador y busco al siguiente niño.
-Deberían cobrarme a mí- Contesto, mecánicamente.
“Guillermo Rodríguez, 9 años, español, habitación 532”
Lo volvería a hacer, juro que lo volvería a hacer. Y sé, y soy consciente de que voy a morir por aquello, sé que es lo que éste país considera más justo para la gente que hace cosas como la que yo hice. “Cuando un hombre muere otro hombre tiene que morir”. Pero yo, volvería a hacerlo, moriría ésta y cien veces más si hiciera falta. Me gustaría decirle a mamá que lo siento, que si hubiera pensado en ella en ése momento probablemente no habría cogido aquella caja de cerillas, pero él se lo merecía, vaya si se lo merecía.
Mamá siempre decía que tenía que hacer caso al señor Esteban, porque el señor Esteban era la persona que me iba a ayudar a sacar el curso escolar, y la verdad es que tenía razón porque cuando el señor Esteban me explicaba las cosas, yo las entendía mejor que cuando me las explicaba la profesora en el colegio. Y llegaba a clase al día siguiente y era el que mejor se sabía la tabla de multiplicar, y era el que más sabía de análisis sintáctico y morfológico, desde que el señor Esteban estaba en mi vida, y yo iba a su casa a aprender, no tenía problemas con el colegio. Mi madre decía que además era un señor muy generoso, que no era quisquilloso con el dinero de las clases particulares, que a veces ni siquiera nos cobraba.
Mamá y yo siempre fuimos despreciados en el vecindario, somos negros, y la gente negra no suele gustar, pero al señor Esteban sí, él no nos escupía al caminar ni nos insultaba cuando nos veía. La verdad que parecía un caballero de los pies a la cabeza, siempre con su camisa de rayas, su perilla poblada y unas palabras amables para nosotros, algo que regalarnos, era una persona excelente… Una vez, uno de estos días lluviosos interminables, mientras mi madre compraba en el supermercado, se lo encontró, y hablaron durante un buen rato, por aquel entonces yo tenía nueve años y un montón de suspensos en clase, me quedaba mirando la enorme panza del señor Esteban desde abajo mientras hacía reír a mamá. En la conversación, él se ofreció a ayudarme con los estudios, era profesor, bueno, fue profesor, ya estaba jubilado por aquellos años, y se ofreció a darme clases particulares gratis. Mi madre se negó rotundamente hasta que consiguió que el señor Esteban admitiera una suma miserable de dinero por cada hora de clase.
Desde aquella conversación me acostumbré a acudir a casa del señor Esteban tres veces por semana con los libros bajo el brazo. Tenía una claridad de explicación espléndida y logró que mis notas subieran como la espuma. Mi madre le estaba tremendamente agradecida, y yo también.
-No le desobedezcas nunca- me decía mamá- es una persona muy generosa y nos está ayudando, que estudies es lo más importante, lo entiendes ¿verdad?
-Sí mamá, no te preocupes.
El señor Esteban comenzaba a tener actitudes raras conmigo a medida que el tiempo transcurría, algo que los profesores del colegio no solían hacer. Un día, mientras me explicaba los diferentes componentes del ecosistema, arrimó su cara a la mía, era una cara enorme, y me olió el cabello.
-Hueles muy bien hijo.
-Gracias señor.
-¿Te gusta como huelo yo?
-Huele a cigarrillos.
-¡Ay! No te gusta ¿verdad?
-No señor, no es eso, es un olor raro, pero no es que no me guste- no quería ofenderle, mamá se enfadaría si sabía que había faltado al respeto al señor Esteban.
-¿Quieres seguir con las clases?
-Sí señor, claro que sí, mi madre está muy contenta. Dice que con usted consigo avanzar.
-Verás hijo, hay algunas cosas que tenemos que hacer juntos, con estudiar no se puede conseguir todo, ¿lo entiendes?
-Sí.
-Yo a tu madre no le estoy cobrando prácticamente nada, ¿lo sabes?
-Sí, dice que no quiere cobrar, que lo hace porque es bueno.
-Eso es, pero lo que pasa es que tu madre trabaja mucho, y el dinero que gana, lo quiere invertir en ti, porque te quiere mucho. Y claro, yo no quiero quitarle ese dinero que gana, que es para ti. Así que para que esto pueda seguir así, tú tienes que hacer algunas cosas para mi. Como yo hago para ti. Sólo será como un juego, nuestro juego.
Así fue como el señor Esteban arrimó su enorme cara a la mía y me dio un beso, como los que me daba mamá, pero en los labios, sabía muy mal y le olía el aliento a tabaco que apestaba.
-Eso es hijo, no te pongas nervioso, lo estás haciendo muy bien.
Volvió a repetir la operación, pero esta vez me arañó la cara con su perilla, tenía unos pelos tremendamente fuertes y mi piel por entonces era muy sensible.
Aquel día no ocurrió nada más. Me dijo que era nuestro secreto.
“No se lo puedes decir a nadie, ni a Dios cuando reces por la noche, ¿vale?” “Sí, no se preocupe señor Esteban, es nuestro secreto”
Yo no sabía si aquello estaba bien, o si estaba mal. Pero mamá decía que tenía que hacer lo que el señor Esteban dijera, así que yo estaba haciendo lo correcto, independientemente de que estuviera bien o mal, además así conseguiría que mamá estuviera contenta y no tendría gastos innecesarios.
Los juegos del señor Esteban continuaron en las semanas siguientes, no me gustaba hacer lo que él me pedía, pero no me hacía daño, era solo que me sentía incómodo.
-No tengas miedo Pedro, no te voy a hacer daño. Te voy a quitar la camiseta, ¿vale?, tú estate tranquilo, sólo será un momento.
El señor Esteban me quitó la camiseta despacio, con cuidado, creo que tenía miedo de hacerme daño, y luego me sentó en la cama. Yo tenía curiosidad por ver su barriga sin aquella camisa a rayas que solía llevar, tenía que ser muy graciosa una masa de carne tan grande moviéndose, pero no dije nada, era mejor.
-Tienes un cuerpo muy bonito.
-Gracias.
-¿Quieres ver el mío?
-No sé, si usted quiere, supongo.
Entonces, para sorpresa mía, el señor Esteban no se quitó la camisa para enseñarme su barriga, sino que se desabrochó el pantalón y dejó que se deslizara por sus piernas. Luego se quitó el calzoncillo, y se puso de pie, frente a mi mientras yo permanecía sentado en la cama.
-¿Te gusta?
-No sé, es grande.
-¿Te gustaría tocarlo?
-No, señor, creo que no.
-Puedes tocarlo si quieres.
-Pero no quiero señor.
-Está bien, no te preocupes, no tienes que hacerlo si no quieres.
-¿Usted quiere?
-Claro que sí hijo.
Así que lo cogí, no sabía cómo tenía que hacerlo, pero lo hice como primero se me pasó por la cabeza, con los dedos, me daba asco y olía raro.
-Bien, ahora vas a ir haciendo con cuidado lo que te vaya diciendo. ¿Entiendes? No es más que un juego.
-Si… sí señor…- le contesté.
Creía que estaba haciendo lo correcto, lo juro. Yo pensaba que aquello era lo que tenía que hacer. Por el mes de Abril de aquel año mi madre me preguntó sobre el señor Esteban, mis notas habían bajado de nuevo. “Me ha contado que es porque estáis en una parte difícil del temario, pero que no me preocupe. Es un buen hombre, ¿verdad?”
Los días pasaron, y las semanas, y los meses, y mi mamá me contó que el señor Esteban y ella eran novios, como los de las películas. Que estaban completamente enamorados así que pronto se casarían en la Iglesia del barrio.
-¿Estás contento?
-Sí, claro que sí.
-Ahora podrás estar con él siempre que quieras, será tu papá.
Así fue. El señor Esteban y mamá se casaron, y yo le veía despertar por las mañanas, y mientras meaba de pie en el wáter miraba a la puerta, donde yo estaba esperando a que terminara apretando las piernas y me guiñaba un ojo y sonreía, y yo creía que ése señor era bueno. Y le veía dormir, y le oía decirle a mi madre que la quería, y que yo era un chico excelente, que pronto sería todo un hombrecito, y que estaba orgulloso de mí.
Los juegos siempre eran cuando mamá estaba fuera, aprovechábamos para jugar cuando ella estaba trabajando. Pero los juegos comenzaron a ser dolorosos, comenzó a penetrarme, era algo que yo detestaba por encima de todo, pero el señor Esteban decía que era más divertido, y sobre todo si me pegaba, si me mordía y si me arañaba, siempre lo hacía en partes del cuerpo que quedaran tapadas por la ropa, a mí me dolía mucho y a veces hasta lloraba.
-Eso es hijo, lo estás haciendo muy bien. ¿Te duele?
-Si, me duele mucho- contestaba mientras me caían las lágrimas por las mejillas.
-Aguanta un poco más, ya casi he acabado- solía decir eso entre jadeos y gemidos cuando lo hacía.
El 24 deEnero del año 1987 yo cumplía 14 años, mamá y el señor Esteban me regalaron uno de esos trenecitos que funcionaban con electricidad, era un regalo un poco infantil para mi edad, pero aún así me había hecho ilusión. Lo que yo realmente quería era que el señor Esteban desapareciera de nuestras vidas, que se fuera para siempre, y nunca más volver a manchar los calzoncillos de sangre, ni los pañuelos de lágrimas ni mi recuerdo de cicatrices.
Aquel mismo día, por la noche, mamá estaba trabajando otra vez, trabajaba mucho, cada vez estaba más delgada y hablaba menos conmigo. El señor Esteban estaba en el salón, como habitualmente, bebiendo una cerveza y viendo un partido de baloncesto en la televisión… Yo estaba fuera de mi raciocinio, sólo quería que desapareciera e hice lo primero que el instinto me recomendó. Sin pensarlo dos veces me descalcé para no hacer ruido al pisar y me acerqué por detrás, cogí la lámpara de la mesilla silenciosamente y se la reventé a traición en la cabeza. Sonó a carne rota y a trocitos de porcelana partiéndose, la verdad que era un sonido estremecedor que me sorprendió, nunca había oído nada semejante. El hombre quedó inerte sobre el sillón con el labio de abajo colgando por encima de su perilla. Me apresuré en ir a la cocina en busca de cinta aislante para inmovilizarlo al sillón de la manera más rápida que pude para acto seguido bajar al garaje a por una lata de gasolina, de la que el señor Esteban guardaba de repuesto en el maletero del coche por si algún día se quedaba tirado en una carretera.
Todavía estaba jadeando por el esfuerzo realizado cuando le oí emitir un gruñido y le vi entreabrir los ojos.
-Qué ha pasado…
-Hola señor Esteban, perdóneme por lo que voy a hacer- comencé a derramar la lata por encima de su cabeza, luego su pecho y sus piernas. No la vacié entera, sobraba con la mitad. El olor a gasolina impregnaba toda la estancia y en mis manos el hedor se hacía insoportable. Tenía salpicaduras del líquido en mis pantalones, pero no importaba.
-Qué estás haciendo… -me di cuenta de que apenas movía la cabeza, aún estaba aturdido por el descomunal golpe y no era plenamente consciente de lo que estaba ocurriendo.
Encendí una cerilla y la mantuve entre mis dedos, le miré a los ojos aún a medio abrir y un brillo en ellos me dio a entender que era el momento. Arrojé la cerilla sobre su regazo y me aparté al instante alarmado por la explosión que la reacción había originado. Estaba asustado, tanto que me caí de espaldas en el suelo mientras oía los desgarradores gritos del señor Esteban apagándose entre el chisporretear de la sangre.
“Ella se lo pierde, es una cobarde, no es capaz de afrontar su pasado, cómo carajo va a afrotar su presente. Se acaba de ir y dice que no quiere que me acerque. ¡Qué más quisiera yo!, pero si cada vez que cierro los ojos la veo a ella”.
-¿Dices que lo has soñado todo?
-Todo, desde el día dos de Diciembre cada vez que cierro los ojos sueño contigo.
-¿Y qué sueñas?
-Sueño que estás en la cama sentada y que yo estoy allí, y tú, me cuentas todo sobre ti, no hace falta que te pregunte nada, yo no hablo. Te conozco casi tanto como te conoces tú misma.
-Es una locura, tiene que ser un truco.
-Me gustaría que tuvieras razón.
-¿Cómo te llamas? Creo que es justo que sepa yo algo sobre ti.
-Carlos.
-¿Y qué edad tienes?
-¿Nunca te han dicho que es de mala educación preguntar eso?
-Sólo a la gente mayor.
-A la gente le digo que tengo 25.
-Lo cierto es que me da algo de vergüenza que sepas que miento con mi edad.
-Creo que eso es bueno.
-¿Cómo va a ser bueno mentir?
-No, ésa no es la pregunta, la pregunta es: ¿cómo va alguien a fiarse de una mujer que no mienta sobre su edad? Una mujer que sea capaz de decir la verdad con eso, es capaz de decir cualquier cosa.
Ella sonrió, por primera vez desde que Carlos la asustó en el escaparate de la calle. Pero no era la primera vez que la veía hacerlo, era tal cual la había imaginado.
-Eres un poco serio.
-Estoy nervioso, es solo eso.
El camarero se acercó con la bandeja debajo del brazo. Carlos la había llevado al Café Verona, un café del centro donde ponían el mejor chocolate de toda la ciudad, junto a la calle Uría. Era un sitio muy acogedor, con un gran salón donde estaban distribuidas las redondas y diminutas mesas, solía hacer mucho calor, pero en invierno se agradecía, y en las horas del desayuno y merienda estaba a rebosar.
-Hola, yo quiero un café con leche- pidió ella.
-Yo un chocolate caliente, espeso, por favor.
El camarero asintió con la cabeza como si hubiera hablado el cónsul británico a su mayordomo y se alejó con una danza de caderas algo extraña, a Carlos le hubiera gustado hacer una broma sobre ello, pero se contuvo.
-El chocolate de aquí es superior- dijo Ana.
-Sí, a mi me encanta.
-Yo lo habría pedido…
-Pero estás a dieta- completó Carlos, cortándola- lo cual es una absoluta estupidez, estás perfecta.
-¿Tú qué sabrás?
-Te he visto desnuda. Por eso sabía lo del lunar en forma de corazón.
-¿En serio?
-Sí.
Ana se quedó pensativa por un instante -Tengo que irme al baño, necesito ir al baño.
-Claro, te espero aquí.
Se levantó bruscamente y avanzaba con el paso acelerado. “Está asustada, pero yo no lo estoy menos”.
Para cuando Ana salió del baño el chocolate y el café ya estaban encima de la mesa enfriándose y la cuenta pagada.
-Gracias.
-No tienes que darlas.
-Cuéntame más.
-¿Qué quieres saber?
-Sobre ti.
-Ah, pensaba que querías saber acerca de los sueños.
-No, sobre ti. Quiero saber quién eres, y por qué sueñas todo eso, si no me conoces de nada.
-Me llamo Carlos.
-No, eso ya lo sé. ¿A qué te dedicas?
-Soy pintor.
-¿Si? Tengo un amigo pintor, igual lo conoces.
-Soy pintor, de paredes, de los de brocha gorda, de los de: llamas y hago que tu casa parezca más bonita y huela fuerte.
-Ah, vale vale. Pintor entonces.
-Sí.
-¿Alguna vez habías tenido sueños así con otra persona?
-Sí, no es la primera vez.
-¿Cómo eran?
-Preferiría no contarlo, al menos no de momento.
-Oye, escucha -replicó ella con cierto enfado-eres un desconocido, estoy en una cafetería contigo porque quiero saber si tengo que acudir al manicomio o a la Guardia Civil, así que ya puedes ir contestando a lo que pregunte.
-Mira, te puedo decir, que va a entrar un señor con corbata azul a rayas por la puerta de la cafetería, con bigote, de cerca de un metro setenta, que se va a sentar en la barra y que va a pedir una caña con la copa helada.
Ana miró hacia la entrada, pero no vio entrar a nadie, ni siquiera entre la gente que pasaba por la calle había nadie que se ajustara a la descripción que acababa de dar su acompañante.
-No tiene gracia, me has asustado.
-No pretendía ser gracioso- contestó Carlos con una sonrisa.
-Escucha, esto no tiene ni pies ni cabeza, gracias por el café, pero me largo.
-No has terminado el café.
-Ni voy a terminarlo.
-¿Volveremos a vernos?
-¿Tú que crees?- contestó Ana, tajante, con ironía de la más fría que hay.
-Que sí, creo que sí. Esta noche vas a contarme algo más sobre ti, y pasado mañana, como en los últimos meses.
-En persona, no volveremos a vernos.
-Lo dudo.
-Si vuelvo a verte juro que te denuncio.
-Está bien, vuelve a tu vida, saludos a tu jefe.
-Vete a la mierda.
"Cobarde..."
Ana no se podía creer la chulería y arrogancia que despedía Carlos, parecía que lo tenía todo planeado, estaba asustada. Quizás ese chico era uno de los que acosan y acosan, hasta que logran lo que buscan, pero ¡qué narices quería!, “esto no tiene sentido” murmuraba en voz baja, mientras aceleraba sus zancadas. Salió del Café Verona casi al trote, recorrió la calle entera hasta llegar a la calle Uría, quería coger el autobús urbano y desaparecer, encerrarse en casa, y no parar de trabajar en el ordenador hasta que se le fuera de la cabeza aquel psicópata que soñaba con ella. “Es un truco, nada más”. Se paró en la marquesina de la parada mientras empezaba a llover “Odio ésta lluvia asturiana, es imposible resguardarse de ella, se me va a rizar el pelo. Qué más da eso ahora estúpida, ¿acabas de estar con un chiflado que sabe hasta el número que calzas y te preocupas por tu pelo?”.
El autobús de la línea 12, el que ella esperaba, se acercó y paró en la posición perfecta para que Ana se encaramara a la cabina, pero antes, se abrieron las puertas traseras, las que permitían que los ocupantes bajaran en la parada. Allí estaba. No podía ser. Es imposible. Una puñetera casualidad. Nada más.
-Señorita, ¿nos deja pasar?
Se había quedado obstruyendo la puerta de entrada al autobús.
-Ah, sí, perdone, lo siento, no me he dado cuenta.
Ana acababa de ver bajarse del autobús al hombre de bigote con la corbata azul, no era posible. Sin dudarlo un instante lo siguió resguardada bajo el paraguas. El hombre caminaba rápido, las piernas se movían con velocidad bajo las faldas de su abrigo negro, que chocaban con el maletín de piel que llevaba colgando del brazo.
“Es una casualidad. Una casualidad horrible y macabra, pero una casualidad. Estoy siguiendo al hombre de la corbata azul, pero no va a ir al Café Verona”
Pero no fue así. El hombre, tal y como había vaticinado Carlos, entró en el Café, se sentó en la barra y pidió algo al camarero. Ana observaba desde la calle sus movimientos, con miedo, la temblaban los dedos que sostenían el paraguas. “No puede ser, mierda, que no”. El camarero cogió una copa helada del congelador y mientras la llenaba con la espumosa cerveza Ana sintió que el mundo se derretía bajo sus pies.
Entró, jadeante, asustada, al interior del local, quería llegar al salón gigante lleno de mesas redondas y pequeñas, quería coger de las solapas a Carlos, amenazarlo con que lo mataría como no le explicara que estaba pasando, que se estaba volviendo loca. Pero sólo quedaban las tazas sin recoger donde antes estaban sus codos apoyados y una nota en una servilleta. Era un número de teléfono.
Era una tarde soleada de Febrero con mucho frío, ella se había puesto un abrigo gris oscuro que la llegaba hasta las rodillas y unas botas negras.
-Hola- dijo, tocándo su brazo con suavidad para no asustarla. Ella le miró con sus ojos marrón oscuro, marrón chocolate, como solía pensar él.
-Verás, es que te he visto ahí, junto al escaparate mirando el vestido de fiesta del maniquí, con tu paraguas colgando del brazo y esa melena castaña que llevas, y me preguntaba si te gustaría que te invitara a un café, en el bar del final de la calle.
-¿Qué?
-Digo, que te he visto junto al escaparate…
-Ya sé que lo que has dicho- le cortó, con brusquedad- Estás loco.
-Eso es un no, ¿verdad?
-Claro que es un no.
-Oye, ¿y si te digo que pagas tú?
-Pues te digo que eres gilipollas.
-¿Puedo mirar el escaparate contigo?
-Me estás asustando, o te largas o llamo a la policía.
-¿Puedo quedarme hasta que lleguen al menos?
-Voy a gritar- empezó a apartarse, como si no fuera la cosa con ella.
-Entonces grito yo también.
-¿Qué coño quieres de mí?
-Conocerte.
-¿Pero por qué?
-Porque me gustan los helados de chocolate, y tus ojos tienen pinta de saber igual.
-Me voy, porque estás loco, me voy, eres un chiflado.
-¡No! ¿Dónde vas?
-Lejos.
-Si vives en la calle de arriba, no puedes ir muy lejos.
-¿Qué?
-Que vives en la ca…
-¡Mierda! Ya sé lo que has dicho maldito psicópata, ¿me has estado espiando?
-No, no, no te he espiado. Te he observado alguna vez.
-La madre que … ¿Qué más sabes de mi? No te andes con tonterías. ¡Hablo en serio!
-Sé que te llamas Ana, que tienes 22 años, aunque dices que tienes 20, que estudiaste ciencias empresariales y ahora trabajas en una inmobiliaria que odias, sé que tu jefe es un cerdo y que te paga una mierda. Sé que estudiaste en un colegio de monjas, las Teresianas creo que se llamaba, hasta que empezaste el bachiller. Que éste año te irás de vacaciones a Cádiz con tu hermana Carmen, que...
-Dios, calla… ¿cómo sabes todo eso?
-Porque lo he soñado. ¿Es cierto?
-No me torees imbécil, te he preguntado que cómo lo sabes.
-Porque lo he soñado.
-Eres un gilipollas, eso lo has podido averiguar investigándome, cualquiera podría saberlo.
- También sé que tus padres se divorciaron cuando estabas en párvulos, que tu padre pegaba a tu madre delante de ti y que a veces todavía sueñas con ello. Sé que de pequeña te gustaba un chico que se llamaba Javier, rubio, siempre llevaba pantalones de chándal y se hacía calcomanías en las muñecas. Sé que te encantan los caramelos de fresa y que tu color favorito es el azul cielo, que no te gusta llevar tacones porque te duele el dedo meñique al caminar, que tienes un empaste en el segundo molar inferior izquierdo desde que los 12 años y un lunar con forma de corazón junto al pezón derecho.
Ana le miró con los ojos empañados, sujetándose el bolso con fuerza contra el costado.
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